Traición, por Jaime Hernández de la Mora (cuento)
Cuando todo se va a pique, las ratas son las primeras en abandonar el barco y el capitán ha de permanecer hasta que la tripulación esté a salvo. Pero es natural tener miedo ante la proximidad de la muerte. ¿Cuántos de nosotros permaneceríamos en nuestro puesto sin intentar salvarnos?
“Es mi deber no abandonar a Mireia en la nave, aun así me niego a acabar mi días aquí”. A Vladimir le remordía la conciencia. Para un piloto comercial estelar, el llevar como compañera de viaje a alguien compatible era la única posibilidad de mantener una relación sentimental, debido al efecto relativista de los viajes a altas velocidades.
Había cargado la única cápsula de salvamento con la mayor parte de las provisiones. Total, no servirían de nada en una nave fuera de control que en dos semanas se iba a encontrar con el inmenso sol rojo que se cruzaba en su trayectoria.
—Sí, lo sé. Soy un ser despreciable además de un cobarde, pero quiero agotar toda posibilidad de supervivencia —hablaba consigo mismo para convencerse—. Podría haber echado a suertes quién lo intentaría, pero ella seguro que me imploraría que permaneciéramos juntos. ¡Es tan romántica! Y tonta. Y yo tan vil…
Ya tenía la cápsula preparada. Se dirigió a su dormitorio para recoger la copia del cuaderno de bitácora y la de su propio registro cerebral, actualizadas unas horas antes, así quedaría constancia para que en un futuro se le juzgara con más benevolencia que la que él empleaba consigo mismo.
—¡Demonios! ¿Dónde están? ¡Si las dejé aquí!
Se dio cuenta de que tenía mensajes pendientes en la consola individual.
—¿Qué es esto? Mireia y su manía de dejar misivas de amor para que las escuche en el modulador de voz. ¡Si estamos juntos casi todo el tiempo! ¿Por qué no lo dice a la cara? No, no lo escucharé, me hará sentir más culpable ¡A la mierda el cuaderno! Me voy antes de que me encuentre con ella.
Los pasillos que conducían hasta la cámara de lanzamiento se le hicieron eternos…
—¿Y la cápsula? ¡No! No puede ser, ¡ella no! ¡Mireia! ¿Dónde estás?
No la encontró en la cabina de mando. Leyó la pantalla que registraba la posición y constantes vitales de ambos; entonces supo que ella se encontraba fuera de la nave. En ese instante recordó el mensaje que había dejado sin escuchar. Accedió a él desde el panel principal:
—Hola, querido… o quizás debiera decir adiós. No te enfades por haber robado tu plan, yo nunca lo hubiera hecho. Y tú… resultas demasiado transparente. Tu introspección de los últimos días me reveló que algo tramabas, evitabas mi mirada y mi contacto como si te sintieras culpable. Así pues, me puse a vigilarte. Me dolió lo que descubrí, aunque tengo que reconocer que tenías razón: uno de los dos tenía posibilidades de sobrevivir. He visto como preparabas la cápsula y, en cuanto te has marchado de la sala de lanzamiento, te he dejado este mensaje. A propósito, me he llevado las copias que hiciste. Cuando despierte, cada seis meses de hibernación, te podré recordar, llorar o quizás reírme de ti, eso dependerá de cómo fueras en realidad. Te quise y aún te quiero, pero… En fin, un beso, chao.
Quince años después. Corte de Justicia Espacial, planeta Pórtico.
—Una vez examinados los hechos que tuvieron lugar en el carguero de segunda clase Linux Maior, durante la jornada tercera del mes de capricornio del año 21554 Después de la Diáspora, en la que la teniente Mireia Balta abandonó a su suerte al capitán de navío interesterlar Vladimir González, y habiendo considerado como prueba válida el cuaderno de bitácora presentado, e interrogado a la simulación de la persona del capitán, quedan demostradas las intenciones de deserción y dejación de funciones por parte del superior de la acusada, quien, abandonando nave, tripulación y carga, infringió el artículo 15 del Código de Navegación Interestelar. En función de lo anteriormente expuesto, esta Corte de Justicia,
DECLARA:
Que es su voluntad absolver a la teniente Mireia Balta del cargo de traición y dejarla en libertad. La empresa propietaria de la nave deberá pagar a la acusada el equivalente a los quince años de trabajo más intereses aplicables según la legislación laboral vigente.
Asimismo, es decisión de este tribunal,
CONDENAR:
A la copia con la personalidad del capitán Vladimir González a revivir cíclicamente en un simulador los hechos juzgados, hasta que se comporte con la dignidad que se supone corresponde a alguien de su cargo, momento en el cual dicha copia será transferida a un cuerpo de clase beta que se destinará al servicio no discrecional en el cuerpo de limpieza espacial.
“Una premisa un tanto liosa al tener que ir cambiando la persona, luego el tiempo y por fin, ateniéndonos a lo escrito, hacer un cuento liberado de ataduras. Me costó hacer los cambios al principio, pues aspectos de lo narrado no tenían mucho sentido en tercera persona, con lo que tuve que rehacer el principio para que los cambios no lo afectaran. Si hubiera tenido más libertad sin utilizar exactamente las mismas palabras, los cambios hubieran sido más ricos. De todos modos fue un buen ejercicio que me recordó a mi primer cuento (todavía no publicado) que le hice en primera persona y presente, y en las diferentes revisiones lo cambié a tercera persona y pasado. Como siempre, debo agradecer al taller la pulida y enriquecimiento del cuento.”
Jaime Hernández de la Mora
Texto original
Es mi deber no abandonar a Mireia en la nave, pero me niego a acabar mis días aquí. Me llevo gran parte de las provisiones. Total, a ella no le servirán de nada. La nave está fuera de control y la trayectoria que lleva es la de la muerte: el encuentro con aquel inmenso sol rojo dentro de dos semanas es inevitable. Sólo hay una cápsula de salvamento, y sí, lo sé, soy un cobarde y un ser despreciable pero quiero agotar toda posibilidad de sobrevivir. En la nave no hay ninguna. Puedo echarlo a suertes pero seguro que ella quiere que permanezcamos juntos. ¡Es tan romántica! Y tonta, y yo tan vil…Ya tengo la cápsula preparada, voy a nuestro dormitorio a por mi diario digital, así quedará constancia para que en un futuro se me juzgue con más benevolencia de la que lo hago yo mismo.
—¡Demonios! ¿Dónde está? ¡Si lo dejé aquí! —digo poniéndome nervioso.
Me doy cuenta de que en la consola individual parpadea el símbolo avisando de que tengo un mensaje nuevo.
—¿Qué es esto? Mireia y sus manías de dejar misivas de amor para que los escuche en el modulador de voz. ¡Si estamos casi todo el tiempo juntos! —protesto fastidiado—. ¿Por qué no lo dice a la cara? No, no lo escucharé, me haría sentir más culpable ¡A la mierda el diario! Me voy antes de que me encuentre con ella.
Se me hacen eternos los pasillos hasta la cámara de lanzamiento…
—¿Y la cápsula? ¡No! No puede ser, ¡ella no! —grito con desesperación—. ¡Mireia! ¿Dónde estás?
No está en la cabina de mando. La baliza de la cápsula señala que ésta se halla fuera de la nave. Recuerdo en este momento el mensaje que no escuché, accedo a él desde el panel principal:
—Hola, querido… o quizás debiera decir adiós. No te enfades por haber robado tu plan, yo nunca lo hubiera hecho, pero resultas demasiado transparente. Tu introspección de los últimos días me reveló que algo tramabas, evitabas mi mirada y mi contacto como si te sintieras culpable. Así pues, me puse a vigilarte. Me dolió lo que descubrí, pero tengo que reconocer que tienes razón: uno de los dos podría sobrevivir. He visto cómo preparabas la cápsula y en cuanto te has marchado de la sala de lanzamiento, te he dejado este mensaje. A propósito, me he llevado tu diario; cuando salga cada seis meses de la hibernación te podré recordar, llorar o quizás reírme de ti, eso depende de lo que dejaras grabado. Te quise y aún te quiero, pero… En fin, un beso, chao.
