domingo, 20 de octubre de 2013

Traición

Este cuento es puro trabajo de taller, teníamos que escribir el mismo cuento desde diferentes voces y luego unirlas todas, esto es lo que salió, luego tuvo un pequeño premio en un concurso http://porticocf.blogspot.com.es/2008/11/traicin.html

Traición, por Jaime Hernández de la Mora (cuento)


Cuando todo se va a pique, las ratas son las primeras en abandonar el barco y el capitán ha de permanecer hasta que la tripulación esté a salvo. Pero es natural tener miedo ante la proximidad de la muerte. ¿Cuántos de nosotros permaneceríamos en nuestro puesto sin intentar salvarnos?

“Es mi deber no abandonar a Mireia en la nave, aun así me niego a acabar mi días aquí”. A Vladimir le remordía la conciencia. Para un piloto comercial estelar, el llevar como compañera de viaje a alguien compatible era la única posibilidad de mantener una relación sentimental, debido al efecto relativista de los viajes a altas velocidades. 

Había cargado la única cápsula de salvamento con la mayor parte de las provisiones. Total, no servirían de nada en una nave fuera de control que en dos semanas se iba a encontrar con el inmenso sol rojo que se cruzaba en su trayectoria. 

—Sí, lo sé. Soy un ser despreciable además de un cobarde, pero quiero agotar toda posibilidad de supervivencia —hablaba consigo mismo para convencerse—. Podría haber echado a suertes quién lo intentaría, pero ella seguro que me imploraría que permaneciéramos juntos. ¡Es tan romántica! Y tonta. Y yo tan vil…

Ya tenía la cápsula preparada. Se dirigió a su dormitorio para recoger la copia del cuaderno de bitácora y la de su propio registro cerebral, actualizadas unas horas antes, así quedaría constancia para que en un futuro se le juzgara con más benevolencia que la que él empleaba consigo mismo.

—¡Demonios! ¿Dónde están? ¡Si las dejé aquí! 

Se dio cuenta de que tenía mensajes pendientes en la consola individual.

—¿Qué es esto? Mireia y su manía de dejar misivas de amor para que las escuche en el modulador de voz. ¡Si estamos juntos casi todo el tiempo! ¿Por qué no lo dice a la cara? No, no lo escucharé, me hará sentir más culpable ¡A la mierda el cuaderno! Me voy antes de que me encuentre con ella.

Los pasillos que conducían hasta la cámara de lanzamiento se le hicieron eternos… 

—¿Y la cápsula? ¡No! No puede ser, ¡ella no! ¡Mireia! ¿Dónde estás?

No la encontró en la cabina de mando. Leyó la pantalla que registraba la posición y constantes vitales de ambos; entonces supo que ella se encontraba fuera de la nave. En ese instante recordó el mensaje que había dejado sin escuchar. Accedió a él desde el panel principal:


—Hola, querido… o quizás debiera decir adiós. No te enfades por haber robado tu plan, yo nunca lo hubiera hecho. Y tú… resultas demasiado transparente. Tu introspección de los últimos días me reveló que algo tramabas, evitabas mi mirada y mi contacto como si te sintieras culpable. Así pues, me puse a vigilarte. Me dolió lo que descubrí, aunque tengo que reconocer que tenías razón: uno de los dos tenía posibilidades de sobrevivir. He visto como preparabas la cápsula y, en cuanto te has marchado de la sala de lanzamiento, te he dejado este mensaje. A propósito, me he llevado las copias que hiciste. Cuando despierte, cada seis meses de hibernación, te podré recordar, llorar o quizás reírme de ti, eso dependerá de cómo fueras en realidad. Te quise y aún te quiero, pero… En fin, un beso, chao.



Quince años después. Corte de Justicia Espacial, planeta Pórtico.

—Una vez examinados los hechos que tuvieron lugar en el carguero de segunda clase Linux Maior, durante la jornada tercera del mes de capricornio del año 21554 Después de la Diáspora, en la que la teniente Mireia Balta abandonó a su suerte al capitán de navío interesterlar Vladimir González, y habiendo considerado como prueba válida el cuaderno de bitácora presentado, e interrogado a la simulación de la persona del capitán, quedan demostradas las intenciones de deserción y dejación de funciones por parte del superior de la acusada, quien, abandonando nave, tripulación y carga, infringió el artículo 15 del Código de Navegación Interestelar. En función de lo anteriormente expuesto, esta Corte de Justicia, 

DECLARA: 

Que es su voluntad absolver a la teniente Mireia Balta del cargo de traición y dejarla en libertad. La empresa propietaria de la nave deberá pagar a la acusada el equivalente a los quince años de trabajo más intereses aplicables según la legislación laboral vigente.

Asimismo, es decisión de este tribunal, 

CONDENAR:

A la copia con la personalidad del capitán Vladimir González a revivir cíclicamente en un simulador los hechos juzgados, hasta que se comporte con la dignidad que se supone corresponde a alguien de su cargo, momento en el cual dicha copia será transferida a un cuerpo de clase beta que se destinará al servicio no discrecional en el cuerpo de limpieza espacial.


“Una premisa un tanto liosa al tener que ir cambiando la persona, luego el tiempo y por fin, ateniéndonos a lo escrito, hacer un cuento liberado de ataduras. Me costó hacer los cambios al principio, pues aspectos de lo narrado no tenían mucho sentido en tercera persona, con lo que tuve que rehacer el principio para que los cambios no lo afectaran. Si hubiera tenido más libertad sin utilizar exactamente las mismas palabras, los cambios hubieran sido más ricos. De todos modos fue un buen ejercicio que me recordó a mi primer cuento (todavía no publicado) que le hice en primera persona y presente, y en las diferentes revisiones lo cambié a tercera persona y pasado. Como siempre, debo agradecer al taller la pulida y enriquecimiento del cuento.”
Jaime Hernández de la Mora

Texto original 

Es mi deber no abandonar a Mireia en la nave, pero me niego a acabar mis días aquí. Me llevo gran parte de las provisiones. Total, a ella no le servirán de nada. La nave está fuera de control y la trayectoria que lleva es la de la muerte: el encuentro con aquel inmenso sol rojo dentro de dos semanas es inevitable. Sólo hay una cápsula de salvamento, y sí, lo sé, soy un cobarde y un ser despreciable pero quiero agotar toda posibilidad de sobrevivir. En la nave no hay ninguna. Puedo echarlo a suertes pero seguro que ella quiere que permanezcamos juntos. ¡Es tan romántica! Y tonta, y yo tan vil…

Ya tengo la cápsula preparada, voy a nuestro dormitorio a por mi diario digital, así quedará constancia para que en un futuro se me juzgue con más benevolencia de la que lo hago yo mismo.

—¡Demonios! ¿Dónde está? ¡Si lo dejé aquí! —digo poniéndome nervioso.

Me doy cuenta de que en la consola individual parpadea el símbolo avisando de que tengo un mensaje nuevo.

—¿Qué es esto? Mireia y sus manías de dejar misivas de amor para que los escuche en el modulador de voz. ¡Si estamos casi todo el tiempo juntos! —protesto fastidiado—. ¿Por qué no lo dice a la cara? No, no lo escucharé, me haría sentir más culpable ¡A la mierda el diario! Me voy antes de que me encuentre con ella.

Se me hacen eternos los pasillos hasta la cámara de lanzamiento…

—¿Y la cápsula? ¡No! No puede ser, ¡ella no! —grito con desesperación—. ¡Mireia! ¿Dónde estás?

No está en la cabina de mando. La baliza de la cápsula señala que ésta se halla fuera de la nave. Recuerdo en este momento el mensaje que no escuché, accedo a él desde el panel principal:

—Hola, querido… o quizás debiera decir adiós. No te enfades por haber robado tu plan, yo nunca lo hubiera hecho, pero resultas demasiado transparente. Tu introspección de los últimos días me reveló que algo tramabas, evitabas mi mirada y mi contacto como si te sintieras culpable. Así pues, me puse a vigilarte. Me dolió lo que descubrí, pero tengo que reconocer que tienes razón: uno de los dos podría sobrevivir. He visto cómo preparabas la cápsula y en cuanto te has marchado de la sala de lanzamiento, te he dejado este mensaje. A propósito, me he llevado tu diario; cuando salga cada seis meses de la hibernación te podré recordar, llorar o quizás reírme de ti, eso depende de lo que dejaras grabado. Te quise y aún te quiero, pero… En fin, un beso, chao.

viernes, 18 de octubre de 2013

Malicia, por Jaime Hernández de la Mora


Si los vampiros tienen o no sentimientos parecidos a los de los humanos es discutible a la vez que fútil, pero lo que sí está fuera de toda duda es que todavía quedan cavernícolas, cuyo equivocado sentido de la posesión es la vergüenza de todo un género.

Hay monstruos en la vida real aún peores que en la ficción.

La gente corriente es ignorante, nos cree sin sentimientos. ¡Qué equivocados están! Me quedé prendado de ella al instante, la mujer más bonita que he conocido nunca. ¡Je!, quizás exageré con el calificativo, pero no pecaré, por una vez al menos, si digo que la catalogo de muy interesante.

Estaba de caza una noche para saciar esta maldita sed constante que me aqueja. Nada, ni una víctima a la que hincarle el colmillo. Entonces la vi salir de ese edificio de oficinas. El vigilante intentaba hacerse el gracioso diciéndole frases picantes que rayaban lo obsceno. Ella ignoraba todos sus embates con una sonrisa irónica.


—Las ganas que tú tienes... Pues te quedarás con ellas, la miel no está hecha para la boca del cerdo —contestó a modo de sentencia.


Siendo claro su rechazo, el vigilante regresó a su caseta mientras en voz baja, aunque no tanto como para que el oído de alguien como yo dejara de captarlo, decía:


—¡Puta, puta! Algún día te tendré.


Aunque la necesidad acuciaba, me olvidé de todo y la seguí hasta su casa. Cuando cerró la puerta me diluí en materia gaseosa, pasé por debajo y me expandí llenando las habitaciones. Así pude observar cómo se desnudaba para ducharse.


Mezclado con el vapor de agua, busqué un contacto más íntimo con ella. Su cuerpo repleto de sangre caliente excitó al máximo mis sentidos de vampiro, al punto que casi la hago mía. Debió sentir mi aura, porque enseguida noté cómo un escalofrío la recorría de arriba abajo. Cortó la ducha sin haberse aclarado el jabón y se envolvió en un albornoz rojo. ¿Qué tendrá ese color que me gusta tanto? Parecía muy nerviosa. Se acostó; y como empezaría a amanecer al cabo de una hora, yo también me retiré a mi confortable sótano sin probar bocado, por lo que una rata pagó las consecuencias. No fue gran cosa, pero detesto irme al ataúd sin cenar.

En cuanto anocheció, volví a salir de mi cubil. Esta vez no tuve problemas y una prostituta entrada en carnes me sirvió para reponer fuerzas. Le separé la cabeza del cuerpo y la tiré a un contenedor de basuras —no era cuestión de ir dejando competencia por ahí—; en cuanto al resto, devolví el favor a los congéneres de mi escasa cena de la noche anterior.


Luego fui a observar al objeto de mi deseo a la salida de su trabajo. Todavía no había tomado una decisión sobre si hacerla mía, otorgándole el Don. Tuve que esperarla, pero merecía la pena. Por fin apareció. El vigilante, en vez de abrirle la puerta, le cerró el paso.


—He pensado que si quieres podemos pasar un buen rato ahí, en el vestuario —le sugirió tomándola de la cintura.


—¡Venga! No me jorobes, que ayer casi no pude dormir —le respondió, sacudiéndoselo de encima.


—¡Jodas! Se dice no me jodas ¡So puta! —Le escupió el insulto a la cara, con tanta violencia que tuvo que secarse las babas del agresor—. Y eso es lo que voy a hacerte —continuó el vigilante sonriendo, como quien se cree victorioso ante su presa, y tomándola esta vez del culo—. No te resistas, que tú también disfrutarás.


Ella intentó forcejear pero su rostro era la imagen del miedo. Yo sé lo que es eso, lo he visto tantas veces reflejado en los ojos de mis víctimas, pero había algo más y eso nunca lo había experimentado: asco. Logró zafarse otra vez, echando a correr en busca de una escapatoria.


—¡Zorra! ¿Dónde crees que vas? —le gritó riéndose mientras la seguía.



No me costó nada colarme en el edificio. Enseguida les encontré: el vigilante la tenía contra la pared, acorralada, metiéndole la mano entre las piernas e intentando besarla.


—Tranquila… Si te va a gustar, mujer —le decía condescendiente.


—¡No, no! Por favor —suplicaba ella entre lágrimas.


Me sustancié con forma humana justo detrás de él. Le agarré por los testículos, estrujándoselos. Noté cómo se le detenía la respiración, entre la sorpresa y el dolor, mucho dolor. Se los hubiera arrancado de cuajo, pero me tuve que dominar por estar ella presente. El vigilante tardó un suspiro en desmayarse.


—Calma… —le dije mientras la ayudaba a levantarse del suelo, donde acabó llorando tras verse liberada—. Ya pasó todo, tranquilícese. ¿Le va a denunciar? Si quiere le acompaño a la comisaría o a su casa.


—No… Yo… —miró a su atacante batido y le pegó una patada en la cara—. Creo que con esto será suficiente. Gracias —me dijo mientras se secaba el rostro.


Como no respondió con claridad a mi ofrecimiento, le hice compañía en el camino hacia su casa. Pasado el susto inicial, me dijo:


—Menos mal que estaba usted ahí para evitarlo. No sabía que trabajara alguien todavía a estas horas, además de mí, limpiando, claro y… ¡El hijo de perra ése!


—Sí, no tendría que haberme quedado hasta tan tarde, pero mi jefe ordenó acabar unos informes y ya ve... —mentí.


—Perdone, no me presenté, mi nombre es Alicia.


—No tiene por qué, yo tampoco lo hice. El mío es Boris. Alicia, bonito nombre. Me recuerda a Lewis Carroll.


—¿Conoce al escritor?


—No, mujer, no. Está muerto.


En realidad sí le conocí, su sangre me tuvo en las nubes durante dos días. Fue una buena experiencia esa de las drogas. Mi comentario desencadenó una sonora carcajada en ella, que interpreté como una descarga de tensión.

—Ya lo sé, no soy tan inculta. Me refería a su obra. Su nombre también me recuerda a alguien famoso, Boris Karloff. También murió, así que no me pregunte por él —siguió bromeando—. Pero tú eres mucho más guapo —pasó a tutearme.


A estas alturas no iba yo a ponerme colorado, si ello hubiera sido posible.


—Gracias. Me alegra haberte acompañado, te hice olvidar aquello.


—Sí... Sí, yo también me alegro, ahora estoy algo más tranquila. Si hubiera vuelto yo sola, esta noche no hubiera podido dormir de las vueltas que le hubiera dado al asunto. Si no llega a ser por tu intervención...


—Espero que no vuelva a molestarte. Quizás sí debieras denunciarle después de todo.


—No, déjalo. Al fin y al cabo es un pobre idiota, lo más seguro es que ya esté arrepentido. Bien... Ya hemos llegado. Gracias por todo.


Dándome un rápido beso en la mejilla salió corriendo hasta el portal. Era la primera vez que algo así me sucedía.


No es usual que me involucre con mis víctimas más allá de una noche de sexo. Quería a Alicia para ser mi compañera una temporada, pero todavía deseaba disfrutar de su frescura un poco más. Mi vida es muy aburrida y un poco de aire renovado me vendría bien, aunque la ilusión durara sólo unos días. 



 A la noche siguiente volví al edificio con dos intenciones: terminar el asunto que había dejado pendiente, tenía pensado eliminar al idiota que estorbaba mis planes; y esperar a Alicia a la salida del trabajo. El vigilante no estaba frente a su escritorio, no era de extrañar que ese día al menos, no se presentara a trabajar, pero alguien tendría que haberle sustituido. Eso me hizo sospechar, por lo que eché a volar y me colé por un ventanuco de los aseos, en la primera planta. En cuanto olí la sangre, temí lo peor. Enseguida los hallé: Alicia yacía tumbada, con la cabeza sobre un gran charco rojo, las bragas medio bajadas y el vestido roto por delante, mostrando los pechos. ¡Qué desperdicio! Su asesino llegaba con un contenedor de basura. Se sorprendió por mi presencia. El día anterior perdió el sentido antes de poder verme, por lo que no me conocía. Dejó el contenedor y dio varios pasos atrás. Antes de que se diera cuenta, yo estaba detrás de él. Chocó conmigo en su retroceso. Sus ojos reflejaban el terror que le inspiraba un momento antes de que clavara mis colmillos en su cuello, pero no, no le maté: le otorgué el Don y atado al contenedor, le llevé a la azotea.


El vigilante no tendría plenos poderes hasta pasadas unas horas, pero sí sufriría las consecuencias de haberle convertido en uno más de mi especie. Cuando los primeros rayos del alba incidieran en su carne, sufriría con lentitud la tortura de verse en combustión.


No crean que lloré por Alicia, no llego hasta ese punto, pero me jodió no haberla convertido cuando tuve la oportunidad. Ahora ya no sería nunca mía.

  
“Lo vampírico no es lo mío, mi experiencia más significativa se remonta a una vieja película interpretada por Bela Lugosi que vi en mi niñez, no me asustó nada más que cuando mi hermana mayor pegó un grito para impresionarnos. Desde entonces sí he visto alguna más y cómics del género, pero nunca fui fan de lo tenebroso; es más, me suele hacer reír antes que provocarme alguna inquietud. Por todo ello quise contar otra historia, desgraciadamente más cotidiana, desde la óptica de un ser que de por sí debería ser bastante malo, y resulta sólo una víctima de sus necesidades.”



viernes, 24 de mayo de 2013

Me llamo Juan Diego Soto Suárez


Los seres extraterrestres que viven entre nosotros pueden llegar a tener mayor conciencia de las necesidades de nuestro planeta que los humanos mismos. Es posible. 

Me llamo Juan Diego Soto Suárez, soy costarricense y no escribo más que mensajes de correo electrónico, demandas, reconvenciones, contrademandas, peticiones, actas y escrituras en una gestoría para un par de picapleitos. El trabajo me viene muy bien, tengo asistencia legal gratuita en caso de necesitarla. Con esta profesión que tengo nunca se sabe.

Cuando llego a la casa que alquilé en las afueras de la ciudad, me quito el traje de plasticarne y dejo que respiren mis polipalpos, que permanecen oprimidos todo el tiempo bajo este disfraz de humano. Me arrastro hasta el sótano y me hundo en la tierra para recargar mis células.

Mientras estoy en contacto con Gaia siento su agonía; protesta y percibo su llamada de socorro. Aunque el planeta en sí tenga energía de sobra, el conjunto está en fase terminal: desaparecen decenas de especies, tanto del reino animal como del vegetal; los océanos están contaminados; el aire, día a día, se hace irrespirable para la propia vida nativa; a causa de la polución, las temperaturas aumentan, los polos se deshielan.

Sólo hay un único culpable: los humanos.

Utilizo la energía de Gaia para emitir mi informe al Consejo de la Confederación de Civilizaciones:
Memorandum  514, Planeta Tierra, año 36825 desde la Paz Galáctica.
La situación ha empeorado desde mi última comunicación, la raza predominante agota todos los recursos que hemos dispuesto para su control. No sirven de nada las cartas de derechos que insertamos en el córtex cerebral de los humanos más influyentes de cada época; no se respetan, priman más los intereses individuales a los colectivos. Esto está perjudicando gravemente el equilibrio de Gaia. 
Recomiendo urgentemente la implantación de una Comisión Tutelar Planetaria para poder salvar los ecosistemas que quedan; éstos han de quedar vetados a la presencia del hombre. Los humanos tendrán que seguir un programa de reeducación. Se les harán pruebas continuas, introduciendo especies conocidas e incluso vida extraña para ellos. La prueba consiste en ver su interrelación con otros seres. Se les dará la información científica necesaria para desarrollar sistemas equilibrados de desarrollo, respetando lo que queda e intentando recuperar lo que se perdió. 
Pasado un tiempo prudencial, se revisarán sus logros. Han de tener un nivel mínimo aceptable si quieren formar parte del grupo previo a su ingreso en la Confederación de Civilizaciones. No se permitirá ninguna crueldad con ningún ser vivo, esto incluye: corridas de toros, ritos religiosos con sacrificio de animales, experimentación científica con seres vivos, guerras de todo tipo, incluidas las interraciales, y toda clase de abuso contra los más débiles.
He propuesto esta segunda oportunidad debido a su capacidad creadora. Si bien ésta no se manifiesta en todos sus individuos, es innata para todos ellos; depende de los estímulos externos el que crezca y aflore.
Acepto el mandato del Consejo Supremo de la Confederación: si no funciona el programa y no pasan las pruebas, se hará efectivo el plan de esterilización y dejarán de existir. Con su coeficiente de destrucción no se les puede dejar sueltos.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Tocata y fuga en clave de sol

En este cuento vertí todo cuanto sabía y lo que busqué sobre el ascensor espacial, posibilidades de que exista algún día, materiales a usar, posición geográfica ideal... Además de una trama algo interesante,diálogos que fueran algo divertidos y pequeñas venganzas contra la clase política. El tema me apasiona y espero viajar algún día hasta allá arriba para estar un poco más cerca de las estrellas.


Tuvieron que pasar unos años después de que se descubriera el asteroide 2002 AA29, para que las diferentes agencias espaciales aunaran esfuerzos en la empresa de acercar su órbita a la de la Tierra y así capturarlo como un segundo satélite. En realidad, esto hubiera llegado a ocurrir por sí solo, sin intervención humana, pero unos cuantos miles de años más tarde.

El coste inicial del proyecto se estimó en cuarenta billones de euros porque, además de colocarlo en órbita, se anclaría a él la Estación Espacial Internacional, ampliándola en mucho más de lo que hasta ahora nadie había pensado. 

Por medio de retropropulsores se situaría al asteroide, una vez acoplado a la estación, en una órbita geoestacionaria que coincidiría con algún punto del Ecuador, probablemente en África, por estar la zona libre de huracanes. Ambas partes se unirían mediante cables para la creación de un ascensor espacial. Esta idea no era nueva, la literatura científica predictiva ya lo había adelantado, pero siempre habían faltado medios, además de que se tenía por locos y fantasiosos a quienes les gustaba el arte de contar historias augurando futuros.

La idea había partido de Pedro, un ingeniero español muy aficionado a la ciencia ficción, que trabajaba en la Agencia Espacial Europea, más conocida por sus siglas en inglés, ESA. Al principio hizo el proyecto en solitario y secretamente, más bien como hobby, pues tenía un poco de complejo por bajito y regordete. Si a ello le sumabas su desmedido gusto por esas lecturas y el temor a que le tomasen por un soñador, no era extraño su recelo en mostrar su trabajo a los colegas. De hecho, ya le había pasado con alguna que otra idea suya, que mostró y no fue bien recibida.


Calculó si era posible su realización, además de aventurar sus posibles usos, e hizo un presupuesto cuyo resultado final le pareció astronómico. Eso casi le hizo desistir, pero pensó: “¿Y qué no lo es en este campo?”. Lo que ignoraba es que se había quedado muy corto en sus previsiones; lo suyo era la ingeniería, no la contabilidad.

Otro problema era el material que resistiera la tensión que iba a soportar un cable de tanta longitud; además del peso, tendrían que añadírsele los vientos, el paso de los ascensores, un sinfín de problemas. Por suerte, el material ya había sido inventado: los nanotubos de carbono. Hacer cables de este material no sería gran problema, aunque sí costoso.

Finalmente, Pedro envió su informe a la dirección de la ESA, sin mucha confianza en que le hicieran caso alguno; más bien pensaba que acabaría archivado en una papelera y él amonestado por malgastar su tiempo y el dinero de los contribuyentes en un proyecto tan increíble. Pero la suerte le fue propicia: En la  dirección estaba un político con aires de grandeza, dispuesto a figurar en los anales de la historia. El belga Jean Paul Ruaquidoc se entusiasmó de veras con sus ideas. Enseguida las vio viables; pensando en la gloria que le esperaba, veía su nombre en todos los medios con letras luminosas: “Proyecto Ruaquidoc” o “Elevador Espacial Ruaquidoc”. Faltaba conocer al genio que haría posible esto. 

Cuando Pedro fue reclamado por la más alta instancia de la Agencia, su jefe inmediato le llamó para saber qué había hecho esta vez. Se temía lo peor: Que hubiera presentado otra de sus fantasías inviables, pero esta vez saltándose el escalafón.

—A ver, señor Fernández. ¿Se puede saber qué demonios ha hecho usted ahora? —preguntó gritando el doctor Schusmann—. ¡Ya le dije en una ocasión que se limitara a hacer el trabajo que mando y por el cual se le paga! 


—Yo nada, no tengo ni idea —mintió Pedro.

—Será mejor que sea así; un solo informe negativo, una sola mención de alguien de arriba sobre usted y ya puede buscarse otro trabajo. Otra cosa, no me haga quedar mal ante el director. Si ha hecho algo, diga que fue idea suya y que lo ha hecho a escondidas de sus superiores. ¡Y váyase ya, no le haga esperar! —siguió gritando Schusmann, mientras salía el ingeniero entre las risitas y murmullos de sus compañeros.

Con gran temor, Pedro se dirigió al edificio de dirección de la ESA, sintiéndose incomprendido y minusvalorado, pues aún creía en sus ideas. Se presentó delante de la secretaria, una mujer de bandera con generosas curvas, que le preguntó el motivo de su visita. Pedro, que ya estaba de por sí nervioso, empezó a tartamudear y a sudar.

—Sosososoy eeel ingeniero Pepepedro Ffffernández.

—Ah, sí, el director le mandó llamar, Pedro. Por favor tome asiento, espere y tranquilícese, que todavía no he visto al director comerse a nadie —le calmó la secretaria con una amplia sonrisa, sin saber inocentemente que parte del tartamudeo del ingeniero era causado por su turbadora presencia.

Pedro se sentó en un amplio sofá, que le hacía aún más pequeño, mientras se secaba el sudor de las manos en la pernera de sus pantalones, al tiempo que miraba a hurtadillas el generoso trasero de la secretaria desapareciendo por la puerta del despacho del director para anunciar su llegada.

El director salió enseguida, sonriente, acercándose a él, antes de que pudiera pensar en levantarse.

—¡Hombre, hombre, hombre! Aquí está el genio que nos llevará a colonizar el espacio —dijo el director, ofreciéndole la mano mientras Pedro se levantaba confuso. No era éste el tipo de recibimiento que esperaba, así que le correspondió con su mano preguntándose si no se estaría burlando de él. Seguidamente le pasó a su despacho, no sin antes darle un repaso visual al culo de su secretaria, cosa que no se le escapó a Pedro. Le hizo sentarse mientras le comentaba:


—Menudo tipazo, ¿no? ¿Sabes? En el consejo le pusimos de mote el nombre de un roedor, chinchilla, por lo suave que debe tener la piel. No es que no me haya insinuado, pero nada, un témpano. ¡Bah! Dejémonos de chismorreos y vayamos al asunto. ¿Quieres algo de beber?

—Aaagua, por favor —pidió Pedro, pues tenía la boca seca.

—Marchando una de agua. Te diré que me ha impresionado mucho tu proyecto, tanto que lo he sometido a la opinión de expertos científicos y economistas. Por supuesto, en la más absoluta confidencialidad. El resultado de la encuesta ha sido: Difícil, no imposible, pero viable en ciertas condiciones —Pedro no podía dar crédito a lo que estaban escuchando sus oídos, por lo que siguió callado y atento. ¡Era la primera vez que una idea suya era tomada en cuenta!

—¿Sabes? Eres un genio. Juntos daremos el paso más grande en la conquista del espacio. Lo primero será ascenderte de escalafón. Ya he recibido informes de tu situación en el departamento del doctor Schusmann, menudo inepto; mucha cabeza cuadrada, mucha eminencia pero sin un ápice de iniciativa. ¿No te parece? —Sin esperar su contestación, continuó—. Codirigirás la primera fase con Arthur Brain, supongo que le conoces.

—Eeeh, sí. —Pedro no estaba acostumbrado a recibir este tipo de elogios y trato tan familiar por parte de un superior. ¡Por supuesto que le conocía! El doctor Brain era una eminencia en astrofísica. No podía aún asimilar lo que estaba sucediéndole.

—Y, por favor, deja la timidez para tu casa. Necesito una persona segura de sí misma para este proyecto. Habrá que presentarlo previamente en la Comisión Europea de Transportes y Comunicaciones, al Parlamento y, finalmente, a las otras agencias y al mundo entero. Piensa que cambiará el destino de este planeta. Y ahora explícamelo a mí sencillamente, quiero oír todo con tus propias palabras. ¿Quieres una copa? —Pedro, que no bebía casi nunca, aceptó un coñac, para infundirse valor. Pero una vez que empezó a explicar su sueño, no le hizo falta. Tan identificado se sentía con él, que no le hacían falta papeles, ni valor, ni droga alguna para desarrollar lo que sería gran parte de su vida y dedicación a partir de ese momento.


Cuando salió del despacho del director estaba tan exultante que se permitió guiñarle el ojo a la despampanante secretaria. Ésta sonrió y le devolvió el guiño. Pedro entró en el ascensor de un salto dejando escapar un pequeño “¡Yujuuuuu!”

Volvió a su puesto de trabajo para recoger las pocas pertenencias que tenía en su mesa. Sus compañeros le miraban pero no decían nada, creyendo que había sido despedido. El doctor Schusmann se le acercó con una sonrisa contenida.

—Lo ve, Sr. Fernández, se lo dije. Siento prescindir de usted, pues a pesar de esas fantasías suyas es usted un buen trabajador —le dijo hipócritamente Schusmann.

—No se preocupe, si necesito a alguien metódico y rígido en mi equipo le haré llamar —respondió Pedro irónicamente, al mismo tiempo que se daba la vuelta en dirección a la salida.

—Pe... Pe... Pero —fue lo único que acertó a decir el científico, sin comprender nada, antes de que el ingeniero saliera por la puerta.

Pasada la fase inicial y con un programa ya detallado y aprobado por las instancias europeas, se dio a conocer primero a las agencias asociadas, en el ámbito científico y más tarde a la prensa. Hubo críticas y alabanzas al elevador, protestas ecologistas por situar la base terrestre en pleno Parque Nacional del Serengeti. Muchos países se disputaron la instalación del extremo terrestre del ascensor, por la riqueza que conllevaría, pero al final fue Kenya la que poseía mayor estabilidad geodinámica e incluso política, de todos los candidatos.

Al provenir de la Agencia Espacial Europea, fue ésta la que llevó la mayor parte del peso económico y estructural del plan, no sin la oposición de la NASA, que se tuvo que conformar con un papel secundario y con estar por delante de Rusia, al sufrir los Estados Unidos una seria recesión económica debido al desastroso programa de gobierno del anterior presidente.


El problema del presupuesto se solventó con el patrocinio de empresas privadas, a cambio de contratos en exclusiva para establecer sucursales de sus negocios en la estación espacial. Hoteles, cadenas de comida rápida, empresas energéticas interesadas en extender redes de paneles solares en orbitas afines, etc., todo negocio importante pujaba por estar en primera línea. Esto era bueno para la financiación, pero las empresas querían resultados inmediatos a sus inversiones y el proyecto estaba pensado a largo plazo, así que todo se aceleró un poco.

Uno de los primeros trabajos fue capturar al asteroide. Se le instalaron retropropulsores para sacarle de su órbita actual y trasladarlo a otra alrededor de la Tierra. La translación iba a ser retransmitida por televisión; era uno de los grandes momentos a los que aspiraba el director Ruaquidoc. Él y sólo él encendería los motores “que traerían a la humanidad un nuevo futuro” como había recitado en alguna de sus exposiciones del proyecto. Como si de un lanzamiento se tratara hizo una cuenta atrás. Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡cero! Apretó el botón que supuestamente encendía los retropropulsores. La realidad era que se activaban desde el trasbordador que vigilaba la misión. El asteroide 2002 AA29 lentamente se empezó a desviar de su senda milenaria. Poco a poco fue tomado el control de sus movimientos y en aproximadamente un mes estaría ajustado en su nueva órbita. Todavía estaban celebrándolo en la Tierra cuando se oyó por los altavoces la voz procedente del trasbordador.

—¡Atención Tierra, tenemos un problema!

Millones de ojos fijaron su mirada en los monitores que retransmitían la imagen del asteroide. Éste no respondía al movimiento de los retropropulsores, parecía llevar un rumbo errático, mientras se distinguía en uno de los extremos como adquiría un tono rojizo. 


El nuevo impulso adquirido por el asteroide contrarrestaba los esfuerzos de los retropropulsores y, como resultado, empezó a virar hacia el trasbordador. Éste tuvo que maniobrar bruscamente por lo que en las pantallas sólo se vio espacio, estrellas, por un momento la Tierra, hasta que por fin se estabilizó. Cuando lograron enfocar otra vez, varios de los retropropulsores habían salido de su anclaje y giraban locos por el vacío. El extremo del asteroide había cambiado a una tonalidad anaranjada y estaba aumentando su brillo cada vez más.

En el centro de control terrestre, el director Ruaquidoc gritaba pidiendo explicaciones que nadie le daba, intentando, como estaban, controlar la situación sin poner en peligro el trasbordador.  Mientras, el asteroide se movía cada vez con mayor determinación, sin afectarle ya los retropropulsores. El extremo ya había cambiado al amarillo, llegando casi al blanco puro en pocos instantes. Se empezó a mover rápidamente y dejó tras de sí una estela de luz alargada que dejó a medio mundo con la boca abierta.

Todo el planeta cambió a partir de entonces sus prioridades. Después de hacerse cientos de preguntas, las potencias decidieron la creación de una agencia única, esta vez ya sin rivalidades. También se incrementó el presupuesto de investigación astronómica dando prioridad al programa SETI. Se creó una Comisión de Defensa Exterior planetaria. Continuarían con el desarrollo del ascensor espacial a toda costa: Era necesario para construir más estaciones espaciales, que albergarían una flota de naves defensivas, debido a las implicaciones que suponía el falso asteroide. Una de ellas era la que barajaba el titular de un periódico sensacionalista: “EL VIGILANTE ALIENÍGENA A LA FUGA”. 

lunes, 20 de mayo de 2013

La adoración de los Reiis


Me acuerdo de este cuento por la premura con que lo hice, se cerraba un número especial de navidad para forjadores y quise participar, el tema tenía que estar relacionado con la navidad y cómo no en clave de CF, fantasía o terror, así que me salió esto: 


Balt activó el dispositivo trasero de extinción de incendios, a la vez que cortó el alimentador de plasma. Parecía que iba a funcionar, las llamas se estaban reduciendo, pero el dispositivo empezó a fallar.

—¡No es posible que los idiotas de mantenimiento no lo hayan revisado! —maldijo. Según el protocolo 210, llegados a esta situación improbable, debía descrionizar a sus dos compañeros, dar un aviso de socorro vía supraláser e intentar un descenso en el planeta habitable más cercano. Pasaban en ese momento por un sistema centrado en un sol amarillo no muy grande; el ordenador desechó todos los planetas excepto a uno con gran cantidad de agua.

Una vez enviado el pedido de auxilio, conectó el sistema de video para asegurarse de que sus dos compañeros estaban bien. Las cápsulas de crionización estaban vacías, a excepción de los robots que limpiaban los restos de gelatina del sistema de conservación de vida suspendida que habían dejado sus compañeros al despertar. Miró en la sala de nutrición, ahí estaban conectando sus trompas al dispensador de papilla.

—Melch, Gasp, ¿qué tal estáis? —tronó el modulador de voz en la sala.

—¡Jodido Balt! —gritó Gasp con su tercera boca —. Sabes que no me gusta que me molesten cuando estoy comiendo. ¿Hemos llegado ya?

—Todavía no, hemos tenido una avería. Estamos desarrollando un protocolo 210.

—¡No me jodas! —maldijo Melch —. No voy a llegar a tiempo de tener mi camada en Bagú.

Bagú era su planeta natal; para los reiis es muy importante tener su descendencia en su planeta, pues sintonizan con el planeta donde nacen y, estén donde estén, siempre saben dónde se encuentra su planeta natal. Los reiis son hermafroditas; pueden programar el nacimiento de sus camadas con precisión. Eso es lo que había hecho Melch. Era prácticamente imposible que se tuviera que aplicar un protocolo 210. Ahora, por la incompetencia de algún jefe, que ahorró en gastos, su camada nacería en un planeta perdido.

La entrada en la atmósfera del planeta fue lenta y gradual. Tocaron suelo muy cerca de una aldea pequeña. Era de noche. Una vez comprobado que el aire del exterior era respirable, no sin algunos filtros que acoplaron en el interior de sus trompas, salieron fuera.

Lo primero que encontraron fue unos seres de pelo corto que caminaban con cuatro patas y tenían dos bultos encima; no parecían inteligentes. Con la visión infrarroja detectaron otros seres escondidos. Fueron hacia ellos, pero todos salieron corriendo en dirección opuesta, excepto uno oscuro, que se montó en el ser cuadrúpedo, entre las dos protuberancias de su lomo, y también huyó.

—Tendremos que tomar su forma si queremos hacer un poco de turismo mientras vienen a arreglarnos la nave —dijo Balt. Y tomó la forma del que huyó montado.

Melch protestó:

—No sé si será conveniente en mi estado una transformación.

—Si quieres, quédate aquí —le respondió Gasp.

—¡Eso sí que no! —exclamó Melch, y ambos se transformaron con distintas apariencias tomando como modelos a los huidos.

Montaron en los cuadrúpedos como habían visto hacer antes y, después de unos momentos, pudieron controlar a los animales. Partieron hacia la aldea que habían visto. No había gran cosa que ver allí. Les llamaron la atención que hubiera dos tipos diferentes de bípedos, uno, como ellos, de formas angulosas y otro tipo con más redondeces. Se interesaron en un bípedo de estos últimos que sostenía una cría de su camada y parecía estar alimentándole con una parte de su cuerpo; no veían más crías, por lo que supusieron que sólo podían tener uno por vez. Estaban rodeados de varios de su especie, que parecían estar dándoles ayuda pues parecían no tener nada. La cría dejo de alimentarse y les miró. No sabían que hacer, los otros seres también les miraron, así que saludaron como se hacía en Bagú: se postraron delante de ellos y luego decidieron darles algo como hacían todos los demás. De sus mochilas sacaron algunos artículos y se los ofrecieron. Los bípedos acercaron a su cría que, al tocar el metal dorado, empezó a emitir sonidos agudos. Le acercaron una sustancia olorosa y la cría se dio la vuelta hacia el ser progenitor de formas redondas. Al fin, le entregaron otra sustancia pegajosa apreciada en la dieta de los reiis, lo agarró con sus extremidades y curvó lo que parecía ser su boca. Los que les rodeaban hicieron lo mismo. Los reiis se apartaron y volvieron por donde habían venido.

—¿No habremos contravenido la directiva EP-6378? —preguntó Gasp.

—No creo —dijo Melch. Sin embargo, tiempo después fueron sancionados por intervenir en la historia de un planeta ajeno: les condenaron a ellos y a su descendencia a no salir jamás de Bagú. 

Jimmy Jazz


Cambio de nombre para volver a mi nick de siempre y acabar publicando aquí lo que se perdió en forjadores y algo más. A ver si es verdad que me pongo las pilas y de algún modo vuelvo a escribir