Me acuerdo de este cuento por la premura con que lo hice, se cerraba un número especial de navidad para forjadores y quise participar, el tema tenía que estar relacionado con la navidad y cómo no en clave de CF, fantasía o terror, así que me salió esto:
Balt
activó el dispositivo trasero de extinción de incendios, a la vez que cortó el
alimentador de plasma. Parecía que iba a funcionar, las llamas se estaban
reduciendo, pero el dispositivo empezó a fallar.
—¡No
es posible que los idiotas de mantenimiento no lo hayan revisado! —maldijo.
Según el protocolo 210, llegados a esta situación improbable, debía
descrionizar a sus dos compañeros, dar un aviso de socorro vía supraláser e
intentar un descenso en el planeta habitable más cercano. Pasaban en ese
momento por un sistema centrado en un sol amarillo no muy grande; el ordenador
desechó todos los planetas excepto a uno con gran cantidad de agua.
Una
vez enviado el pedido de auxilio, conectó el sistema de video para asegurarse
de que sus dos compañeros estaban bien. Las cápsulas de crionización estaban
vacías, a excepción de los robots que limpiaban los restos de gelatina del
sistema de conservación de vida suspendida que habían dejado sus compañeros al
despertar. Miró en la sala de nutrición, ahí estaban conectando sus trompas al
dispensador de papilla.
—Melch,
Gasp, ¿qué tal estáis? —tronó el modulador de voz en la sala.
—¡Jodido
Balt! —gritó Gasp con su tercera boca —. Sabes que no me gusta que me molesten
cuando estoy comiendo. ¿Hemos llegado ya?
—Todavía
no, hemos tenido una avería. Estamos desarrollando un protocolo 210.
—¡No
me jodas! —maldijo Melch —. No voy a llegar a tiempo de tener mi camada en
Bagú.
Bagú
era su planeta natal; para los reiis
es muy importante tener su descendencia en su planeta, pues sintonizan con el
planeta donde nacen y, estén donde estén, siempre saben dónde se encuentra su planeta
natal. Los reiis son
hermafroditas; pueden programar el nacimiento de sus camadas con precisión. Eso
es lo que había hecho Melch. Era prácticamente imposible que se tuviera que
aplicar un protocolo 210. Ahora, por la incompetencia de algún jefe, que ahorró
en gastos, su camada nacería en un planeta perdido.
La
entrada en la atmósfera del planeta fue lenta y gradual. Tocaron suelo muy
cerca de una aldea pequeña. Era de noche. Una vez comprobado que el aire del
exterior era respirable, no sin algunos filtros que acoplaron en el interior de
sus trompas, salieron fuera.
Lo
primero que encontraron fue unos seres de pelo corto que caminaban con cuatro
patas y tenían dos bultos encima; no parecían inteligentes. Con la visión
infrarroja detectaron otros seres escondidos. Fueron hacia ellos, pero todos
salieron corriendo en dirección opuesta, excepto uno oscuro, que se montó en el
ser cuadrúpedo, entre las dos protuberancias de su lomo, y también huyó.
—Tendremos
que tomar su forma si queremos hacer un poco de turismo mientras vienen a
arreglarnos la nave —dijo Balt. Y tomó la forma del que huyó montado.
Melch
protestó:
—No
sé si será conveniente en mi estado una transformación.
—Si
quieres, quédate aquí —le respondió Gasp.
—¡Eso
sí que no! —exclamó Melch, y ambos se transformaron con distintas apariencias
tomando como modelos a los huidos.
Montaron
en los cuadrúpedos como habían visto hacer antes y, después de unos momentos,
pudieron controlar a los animales. Partieron hacia la aldea que habían visto.
No había gran cosa que ver allí. Les llamaron la atención que hubiera dos tipos
diferentes de bípedos, uno, como ellos, de formas angulosas y otro tipo con más
redondeces. Se interesaron en un bípedo de estos últimos que sostenía una cría
de su camada y parecía estar alimentándole con una parte de su cuerpo; no veían
más crías, por lo que supusieron que sólo podían tener uno por vez. Estaban
rodeados de varios de su especie, que parecían estar dándoles ayuda pues
parecían no tener nada. La cría dejo de alimentarse y les miró. No sabían que
hacer, los otros seres también les miraron, así que saludaron como se hacía en
Bagú: se postraron delante de ellos y luego decidieron darles algo como hacían
todos los demás. De sus mochilas sacaron algunos artículos y se los ofrecieron.
Los bípedos acercaron a su cría que, al tocar el metal dorado, empezó a emitir
sonidos agudos. Le acercaron una sustancia olorosa y la cría se dio la vuelta
hacia el ser progenitor de formas redondas. Al fin, le entregaron otra sustancia
pegajosa apreciada en la dieta de los reiis,
lo agarró con sus extremidades y curvó lo que parecía ser su boca. Los que les
rodeaban hicieron lo mismo. Los reiis
se apartaron y volvieron por donde habían venido.
—¿No
habremos contravenido la directiva EP-6378? —preguntó Gasp.
No hay comentarios:
Publicar un comentario