viernes, 18 de octubre de 2013

Malicia, por Jaime Hernández de la Mora


Si los vampiros tienen o no sentimientos parecidos a los de los humanos es discutible a la vez que fútil, pero lo que sí está fuera de toda duda es que todavía quedan cavernícolas, cuyo equivocado sentido de la posesión es la vergüenza de todo un género.

Hay monstruos en la vida real aún peores que en la ficción.

La gente corriente es ignorante, nos cree sin sentimientos. ¡Qué equivocados están! Me quedé prendado de ella al instante, la mujer más bonita que he conocido nunca. ¡Je!, quizás exageré con el calificativo, pero no pecaré, por una vez al menos, si digo que la catalogo de muy interesante.

Estaba de caza una noche para saciar esta maldita sed constante que me aqueja. Nada, ni una víctima a la que hincarle el colmillo. Entonces la vi salir de ese edificio de oficinas. El vigilante intentaba hacerse el gracioso diciéndole frases picantes que rayaban lo obsceno. Ella ignoraba todos sus embates con una sonrisa irónica.


—Las ganas que tú tienes... Pues te quedarás con ellas, la miel no está hecha para la boca del cerdo —contestó a modo de sentencia.


Siendo claro su rechazo, el vigilante regresó a su caseta mientras en voz baja, aunque no tanto como para que el oído de alguien como yo dejara de captarlo, decía:


—¡Puta, puta! Algún día te tendré.


Aunque la necesidad acuciaba, me olvidé de todo y la seguí hasta su casa. Cuando cerró la puerta me diluí en materia gaseosa, pasé por debajo y me expandí llenando las habitaciones. Así pude observar cómo se desnudaba para ducharse.


Mezclado con el vapor de agua, busqué un contacto más íntimo con ella. Su cuerpo repleto de sangre caliente excitó al máximo mis sentidos de vampiro, al punto que casi la hago mía. Debió sentir mi aura, porque enseguida noté cómo un escalofrío la recorría de arriba abajo. Cortó la ducha sin haberse aclarado el jabón y se envolvió en un albornoz rojo. ¿Qué tendrá ese color que me gusta tanto? Parecía muy nerviosa. Se acostó; y como empezaría a amanecer al cabo de una hora, yo también me retiré a mi confortable sótano sin probar bocado, por lo que una rata pagó las consecuencias. No fue gran cosa, pero detesto irme al ataúd sin cenar.

En cuanto anocheció, volví a salir de mi cubil. Esta vez no tuve problemas y una prostituta entrada en carnes me sirvió para reponer fuerzas. Le separé la cabeza del cuerpo y la tiré a un contenedor de basuras —no era cuestión de ir dejando competencia por ahí—; en cuanto al resto, devolví el favor a los congéneres de mi escasa cena de la noche anterior.


Luego fui a observar al objeto de mi deseo a la salida de su trabajo. Todavía no había tomado una decisión sobre si hacerla mía, otorgándole el Don. Tuve que esperarla, pero merecía la pena. Por fin apareció. El vigilante, en vez de abrirle la puerta, le cerró el paso.


—He pensado que si quieres podemos pasar un buen rato ahí, en el vestuario —le sugirió tomándola de la cintura.


—¡Venga! No me jorobes, que ayer casi no pude dormir —le respondió, sacudiéndoselo de encima.


—¡Jodas! Se dice no me jodas ¡So puta! —Le escupió el insulto a la cara, con tanta violencia que tuvo que secarse las babas del agresor—. Y eso es lo que voy a hacerte —continuó el vigilante sonriendo, como quien se cree victorioso ante su presa, y tomándola esta vez del culo—. No te resistas, que tú también disfrutarás.


Ella intentó forcejear pero su rostro era la imagen del miedo. Yo sé lo que es eso, lo he visto tantas veces reflejado en los ojos de mis víctimas, pero había algo más y eso nunca lo había experimentado: asco. Logró zafarse otra vez, echando a correr en busca de una escapatoria.


—¡Zorra! ¿Dónde crees que vas? —le gritó riéndose mientras la seguía.



No me costó nada colarme en el edificio. Enseguida les encontré: el vigilante la tenía contra la pared, acorralada, metiéndole la mano entre las piernas e intentando besarla.


—Tranquila… Si te va a gustar, mujer —le decía condescendiente.


—¡No, no! Por favor —suplicaba ella entre lágrimas.


Me sustancié con forma humana justo detrás de él. Le agarré por los testículos, estrujándoselos. Noté cómo se le detenía la respiración, entre la sorpresa y el dolor, mucho dolor. Se los hubiera arrancado de cuajo, pero me tuve que dominar por estar ella presente. El vigilante tardó un suspiro en desmayarse.


—Calma… —le dije mientras la ayudaba a levantarse del suelo, donde acabó llorando tras verse liberada—. Ya pasó todo, tranquilícese. ¿Le va a denunciar? Si quiere le acompaño a la comisaría o a su casa.


—No… Yo… —miró a su atacante batido y le pegó una patada en la cara—. Creo que con esto será suficiente. Gracias —me dijo mientras se secaba el rostro.


Como no respondió con claridad a mi ofrecimiento, le hice compañía en el camino hacia su casa. Pasado el susto inicial, me dijo:


—Menos mal que estaba usted ahí para evitarlo. No sabía que trabajara alguien todavía a estas horas, además de mí, limpiando, claro y… ¡El hijo de perra ése!


—Sí, no tendría que haberme quedado hasta tan tarde, pero mi jefe ordenó acabar unos informes y ya ve... —mentí.


—Perdone, no me presenté, mi nombre es Alicia.


—No tiene por qué, yo tampoco lo hice. El mío es Boris. Alicia, bonito nombre. Me recuerda a Lewis Carroll.


—¿Conoce al escritor?


—No, mujer, no. Está muerto.


En realidad sí le conocí, su sangre me tuvo en las nubes durante dos días. Fue una buena experiencia esa de las drogas. Mi comentario desencadenó una sonora carcajada en ella, que interpreté como una descarga de tensión.

—Ya lo sé, no soy tan inculta. Me refería a su obra. Su nombre también me recuerda a alguien famoso, Boris Karloff. También murió, así que no me pregunte por él —siguió bromeando—. Pero tú eres mucho más guapo —pasó a tutearme.


A estas alturas no iba yo a ponerme colorado, si ello hubiera sido posible.


—Gracias. Me alegra haberte acompañado, te hice olvidar aquello.


—Sí... Sí, yo también me alegro, ahora estoy algo más tranquila. Si hubiera vuelto yo sola, esta noche no hubiera podido dormir de las vueltas que le hubiera dado al asunto. Si no llega a ser por tu intervención...


—Espero que no vuelva a molestarte. Quizás sí debieras denunciarle después de todo.


—No, déjalo. Al fin y al cabo es un pobre idiota, lo más seguro es que ya esté arrepentido. Bien... Ya hemos llegado. Gracias por todo.


Dándome un rápido beso en la mejilla salió corriendo hasta el portal. Era la primera vez que algo así me sucedía.


No es usual que me involucre con mis víctimas más allá de una noche de sexo. Quería a Alicia para ser mi compañera una temporada, pero todavía deseaba disfrutar de su frescura un poco más. Mi vida es muy aburrida y un poco de aire renovado me vendría bien, aunque la ilusión durara sólo unos días. 



 A la noche siguiente volví al edificio con dos intenciones: terminar el asunto que había dejado pendiente, tenía pensado eliminar al idiota que estorbaba mis planes; y esperar a Alicia a la salida del trabajo. El vigilante no estaba frente a su escritorio, no era de extrañar que ese día al menos, no se presentara a trabajar, pero alguien tendría que haberle sustituido. Eso me hizo sospechar, por lo que eché a volar y me colé por un ventanuco de los aseos, en la primera planta. En cuanto olí la sangre, temí lo peor. Enseguida los hallé: Alicia yacía tumbada, con la cabeza sobre un gran charco rojo, las bragas medio bajadas y el vestido roto por delante, mostrando los pechos. ¡Qué desperdicio! Su asesino llegaba con un contenedor de basura. Se sorprendió por mi presencia. El día anterior perdió el sentido antes de poder verme, por lo que no me conocía. Dejó el contenedor y dio varios pasos atrás. Antes de que se diera cuenta, yo estaba detrás de él. Chocó conmigo en su retroceso. Sus ojos reflejaban el terror que le inspiraba un momento antes de que clavara mis colmillos en su cuello, pero no, no le maté: le otorgué el Don y atado al contenedor, le llevé a la azotea.


El vigilante no tendría plenos poderes hasta pasadas unas horas, pero sí sufriría las consecuencias de haberle convertido en uno más de mi especie. Cuando los primeros rayos del alba incidieran en su carne, sufriría con lentitud la tortura de verse en combustión.


No crean que lloré por Alicia, no llego hasta ese punto, pero me jodió no haberla convertido cuando tuve la oportunidad. Ahora ya no sería nunca mía.

  
“Lo vampírico no es lo mío, mi experiencia más significativa se remonta a una vieja película interpretada por Bela Lugosi que vi en mi niñez, no me asustó nada más que cuando mi hermana mayor pegó un grito para impresionarnos. Desde entonces sí he visto alguna más y cómics del género, pero nunca fui fan de lo tenebroso; es más, me suele hacer reír antes que provocarme alguna inquietud. Por todo ello quise contar otra historia, desgraciadamente más cotidiana, desde la óptica de un ser que de por sí debería ser bastante malo, y resulta sólo una víctima de sus necesidades.”



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