En este cuento vertí todo cuanto sabía y lo que busqué sobre el ascensor espacial, posibilidades de que exista algún día, materiales a usar, posición geográfica ideal... Además de una trama algo interesante,diálogos que fueran algo divertidos y pequeñas venganzas contra la clase política. El tema me apasiona y espero viajar algún día hasta allá arriba para estar un poco más cerca de las estrellas.
Tuvieron que pasar unos años después de que se descubriera el asteroide 2002 AA29, para que las diferentes agencias espaciales aunaran esfuerzos en la empresa de acercar su órbita a la de la Tierra y así capturarlo como un segundo satélite. En realidad, esto hubiera llegado a ocurrir por sí solo, sin intervención humana, pero unos cuantos miles de años más tarde.
El coste inicial del proyecto se estimó en cuarenta billones de euros porque, además de colocarlo en órbita, se anclaría a él la Estación Espacial Internacional, ampliándola en mucho más de lo que hasta ahora nadie había pensado.
Por medio de retropropulsores se situaría al asteroide, una vez acoplado a la estación, en una órbita geoestacionaria que coincidiría con algún punto del Ecuador, probablemente en África, por estar la zona libre de huracanes. Ambas partes se unirían mediante cables para la creación de un ascensor espacial. Esta idea no era nueva, la literatura científica predictiva ya lo había adelantado, pero siempre habían faltado medios, además de que se tenía por locos y fantasiosos a quienes les gustaba el arte de contar historias augurando futuros.
La idea había partido de Pedro, un ingeniero español muy aficionado a la ciencia ficción, que trabajaba en la Agencia Espacial Europea, más conocida por sus siglas en inglés, ESA. Al principio hizo el proyecto en solitario y secretamente, más bien como hobby, pues tenía un poco de complejo por bajito y regordete. Si a ello le sumabas su desmedido gusto por esas lecturas y el temor a que le tomasen por un soñador, no era extraño su recelo en mostrar su trabajo a los colegas. De hecho, ya le había pasado con alguna que otra idea suya, que mostró y no fue bien recibida.
Calculó si era posible su realización, además de aventurar sus posibles usos, e hizo un presupuesto cuyo resultado final le pareció astronómico. Eso casi le hizo desistir, pero pensó: “¿Y qué no lo es en este campo?”. Lo que ignoraba es que se había quedado muy corto en sus previsiones; lo suyo era la ingeniería, no la contabilidad.
Otro problema era el material que resistiera la tensión que iba a soportar un cable de tanta longitud; además del peso, tendrían que añadírsele los vientos, el paso de los ascensores, un sinfín de problemas. Por suerte, el material ya había sido inventado: los nanotubos de carbono. Hacer cables de este material no sería gran problema, aunque sí costoso.
Finalmente, Pedro envió su informe a la dirección de la ESA, sin mucha confianza en que le hicieran caso alguno; más bien pensaba que acabaría archivado en una papelera y él amonestado por malgastar su tiempo y el dinero de los contribuyentes en un proyecto tan increíble. Pero la suerte le fue propicia: En la dirección estaba un político con aires de grandeza, dispuesto a figurar en los anales de la historia. El belga Jean Paul Ruaquidoc se entusiasmó de veras con sus ideas. Enseguida las vio viables; pensando en la gloria que le esperaba, veía su nombre en todos los medios con letras luminosas: “Proyecto Ruaquidoc” o “Elevador Espacial Ruaquidoc”. Faltaba conocer al genio que haría posible esto.
Cuando Pedro fue reclamado por la más alta instancia de la Agencia, su jefe inmediato le llamó para saber qué había hecho esta vez. Se temía lo peor: Que hubiera presentado otra de sus fantasías inviables, pero esta vez saltándose el escalafón.
—A ver, señor Fernández. ¿Se puede saber qué demonios ha hecho usted ahora? —preguntó gritando el doctor Schusmann—. ¡Ya le dije en una ocasión que se limitara a hacer el trabajo que mando y por el cual se le paga!
—Yo nada, no tengo ni idea —mintió Pedro.
—Será mejor que sea así; un solo informe negativo, una sola mención de alguien de arriba sobre usted y ya puede buscarse otro trabajo. Otra cosa, no me haga quedar mal ante el director. Si ha hecho algo, diga que fue idea suya y que lo ha hecho a escondidas de sus superiores. ¡Y váyase ya, no le haga esperar! —siguió gritando Schusmann, mientras salía el ingeniero entre las risitas y murmullos de sus compañeros.
Con gran temor, Pedro se dirigió al edificio de dirección de la ESA, sintiéndose incomprendido y minusvalorado, pues aún creía en sus ideas. Se presentó delante de la secretaria, una mujer de bandera con generosas curvas, que le preguntó el motivo de su visita. Pedro, que ya estaba de por sí nervioso, empezó a tartamudear y a sudar.
—Sosososoy eeel ingeniero Pepepedro Ffffernández.
—Ah, sí, el director le mandó llamar, Pedro. Por favor tome asiento, espere y tranquilícese, que todavía no he visto al director comerse a nadie —le calmó la secretaria con una amplia sonrisa, sin saber inocentemente que parte del tartamudeo del ingeniero era causado por su turbadora presencia.
Pedro se sentó en un amplio sofá, que le hacía aún más pequeño, mientras se secaba el sudor de las manos en la pernera de sus pantalones, al tiempo que miraba a hurtadillas el generoso trasero de la secretaria desapareciendo por la puerta del despacho del director para anunciar su llegada.
El director salió enseguida, sonriente, acercándose a él, antes de que pudiera pensar en levantarse.
—¡Hombre, hombre, hombre! Aquí está el genio que nos llevará a colonizar el espacio —dijo el director, ofreciéndole la mano mientras Pedro se levantaba confuso. No era éste el tipo de recibimiento que esperaba, así que le correspondió con su mano preguntándose si no se estaría burlando de él. Seguidamente le pasó a su despacho, no sin antes darle un repaso visual al culo de su secretaria, cosa que no se le escapó a Pedro. Le hizo sentarse mientras le comentaba:
—Menudo tipazo, ¿no? ¿Sabes? En el consejo le pusimos de mote el nombre de un roedor, chinchilla, por lo suave que debe tener la piel. No es que no me haya insinuado, pero nada, un témpano. ¡Bah! Dejémonos de chismorreos y vayamos al asunto. ¿Quieres algo de beber?
—Aaagua, por favor —pidió Pedro, pues tenía la boca seca.
—Marchando una de agua. Te diré que me ha impresionado mucho tu proyecto, tanto que lo he sometido a la opinión de expertos científicos y economistas. Por supuesto, en la más absoluta confidencialidad. El resultado de la encuesta ha sido: Difícil, no imposible, pero viable en ciertas condiciones —Pedro no podía dar crédito a lo que estaban escuchando sus oídos, por lo que siguió callado y atento. ¡Era la primera vez que una idea suya era tomada en cuenta!
—¿Sabes? Eres un genio. Juntos daremos el paso más grande en la conquista del espacio. Lo primero será ascenderte de escalafón. Ya he recibido informes de tu situación en el departamento del doctor Schusmann, menudo inepto; mucha cabeza cuadrada, mucha eminencia pero sin un ápice de iniciativa. ¿No te parece? —Sin esperar su contestación, continuó—. Codirigirás la primera fase con Arthur Brain, supongo que le conoces.
—Eeeh, sí. —Pedro no estaba acostumbrado a recibir este tipo de elogios y trato tan familiar por parte de un superior. ¡Por supuesto que le conocía! El doctor Brain era una eminencia en astrofísica. No podía aún asimilar lo que estaba sucediéndole.
—Y, por favor, deja la timidez para tu casa. Necesito una persona segura de sí misma para este proyecto. Habrá que presentarlo previamente en la Comisión Europea de Transportes y Comunicaciones, al Parlamento y, finalmente, a las otras agencias y al mundo entero. Piensa que cambiará el destino de este planeta. Y ahora explícamelo a mí sencillamente, quiero oír todo con tus propias palabras. ¿Quieres una copa? —Pedro, que no bebía casi nunca, aceptó un coñac, para infundirse valor. Pero una vez que empezó a explicar su sueño, no le hizo falta. Tan identificado se sentía con él, que no le hacían falta papeles, ni valor, ni droga alguna para desarrollar lo que sería gran parte de su vida y dedicación a partir de ese momento.
Cuando salió del despacho del director estaba tan exultante que se permitió guiñarle el ojo a la despampanante secretaria. Ésta sonrió y le devolvió el guiño. Pedro entró en el ascensor de un salto dejando escapar un pequeño “¡Yujuuuuu!”
Volvió a su puesto de trabajo para recoger las pocas pertenencias que tenía en su mesa. Sus compañeros le miraban pero no decían nada, creyendo que había sido despedido. El doctor Schusmann se le acercó con una sonrisa contenida.
—Lo ve, Sr. Fernández, se lo dije. Siento prescindir de usted, pues a pesar de esas fantasías suyas es usted un buen trabajador —le dijo hipócritamente Schusmann.
—No se preocupe, si necesito a alguien metódico y rígido en mi equipo le haré llamar —respondió Pedro irónicamente, al mismo tiempo que se daba la vuelta en dirección a la salida.
—Pe... Pe... Pero —fue lo único que acertó a decir el científico, sin comprender nada, antes de que el ingeniero saliera por la puerta.
Pasada la fase inicial y con un programa ya detallado y aprobado por las instancias europeas, se dio a conocer primero a las agencias asociadas, en el ámbito científico y más tarde a la prensa. Hubo críticas y alabanzas al elevador, protestas ecologistas por situar la base terrestre en pleno Parque Nacional del Serengeti. Muchos países se disputaron la instalación del extremo terrestre del ascensor, por la riqueza que conllevaría, pero al final fue Kenya la que poseía mayor estabilidad geodinámica e incluso política, de todos los candidatos.
Al provenir de la Agencia Espacial Europea, fue ésta la que llevó la mayor parte del peso económico y estructural del plan, no sin la oposición de la NASA, que se tuvo que conformar con un papel secundario y con estar por delante de Rusia, al sufrir los Estados Unidos una seria recesión económica debido al desastroso programa de gobierno del anterior presidente.
El problema del presupuesto se solventó con el patrocinio de empresas privadas, a cambio de contratos en exclusiva para establecer sucursales de sus negocios en la estación espacial. Hoteles, cadenas de comida rápida, empresas energéticas interesadas en extender redes de paneles solares en orbitas afines, etc., todo negocio importante pujaba por estar en primera línea. Esto era bueno para la financiación, pero las empresas querían resultados inmediatos a sus inversiones y el proyecto estaba pensado a largo plazo, así que todo se aceleró un poco.
Uno de los primeros trabajos fue capturar al asteroide. Se le instalaron retropropulsores para sacarle de su órbita actual y trasladarlo a otra alrededor de la Tierra. La translación iba a ser retransmitida por televisión; era uno de los grandes momentos a los que aspiraba el director Ruaquidoc. Él y sólo él encendería los motores “que traerían a la humanidad un nuevo futuro” como había recitado en alguna de sus exposiciones del proyecto. Como si de un lanzamiento se tratara hizo una cuenta atrás. Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡cero! Apretó el botón que supuestamente encendía los retropropulsores. La realidad era que se activaban desde el trasbordador que vigilaba la misión. El asteroide 2002 AA29 lentamente se empezó a desviar de su senda milenaria. Poco a poco fue tomado el control de sus movimientos y en aproximadamente un mes estaría ajustado en su nueva órbita. Todavía estaban celebrándolo en la Tierra cuando se oyó por los altavoces la voz procedente del trasbordador.
—¡Atención Tierra, tenemos un problema!
Millones de ojos fijaron su mirada en los monitores que retransmitían la imagen del asteroide. Éste no respondía al movimiento de los retropropulsores, parecía llevar un rumbo errático, mientras se distinguía en uno de los extremos como adquiría un tono rojizo.
El nuevo impulso adquirido por el asteroide contrarrestaba los esfuerzos de los retropropulsores y, como resultado, empezó a virar hacia el trasbordador. Éste tuvo que maniobrar bruscamente por lo que en las pantallas sólo se vio espacio, estrellas, por un momento la Tierra, hasta que por fin se estabilizó. Cuando lograron enfocar otra vez, varios de los retropropulsores habían salido de su anclaje y giraban locos por el vacío. El extremo del asteroide había cambiado a una tonalidad anaranjada y estaba aumentando su brillo cada vez más.
En el centro de control terrestre, el director Ruaquidoc gritaba pidiendo explicaciones que nadie le daba, intentando, como estaban, controlar la situación sin poner en peligro el trasbordador. Mientras, el asteroide se movía cada vez con mayor determinación, sin afectarle ya los retropropulsores. El extremo ya había cambiado al amarillo, llegando casi al blanco puro en pocos instantes. Se empezó a mover rápidamente y dejó tras de sí una estela de luz alargada que dejó a medio mundo con la boca abierta.
Todo el planeta cambió a partir de entonces sus prioridades. Después de hacerse cientos de preguntas, las potencias decidieron la creación de una agencia única, esta vez ya sin rivalidades. También se incrementó el presupuesto de investigación astronómica dando prioridad al programa SETI. Se creó una Comisión de Defensa Exterior planetaria. Continuarían con el desarrollo del ascensor espacial a toda costa: Era necesario para construir más estaciones espaciales, que albergarían una flota de naves defensivas, debido a las implicaciones que suponía el falso asteroide. Una de ellas era la que barajaba el titular de un periódico sensacionalista: “EL VIGILANTE ALIENÍGENA A LA FUGA”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario