Veinte años después de entrar en la empresa sin faltar ningún día, sin dar un solo motivo de queja, siendo considerado un empleado ejemplar, Vicente Trespaderne se presentó en el despacho de su jefe y dijo:
—Me he comprado un sacapuntas, lo he dejado encima de la mesa y me está mirando.
—¿Pero qué dice, Trespaderne? ¿Se encuentra usted bien? —preguntó preocupado el subdirector.
—Me encuentro bien, Don Luis, sólo le he comunicado lo que me sucede y esto es que: me he compra….
—Ya, ya, no siga por favor. Vaya a su mesa que enseguida compruebo lo que me dice —atajó.
Vicente salió confiado en que su jefe le resolvería el problema, pero antes de llegar a traspasar el quicio de la puerta se dio cuenta del terror que le causaba el sacapuntas, giró para objetar la orden recibida pero al ver que su superior se disponía a hablar por teléfono desistió. Se le ocurrió una ruta alternativa a su puesto de trabajo, le llevaría más tiempo, todo por no encontrarse con el afilalápices mirón.
Después de telefonear, Don Luis se acercó a la mesa de Trespaderne para ver por sí mismo ese sacapuntas que le preocupaba tanto a su empleado. Llegó al mismo tiempo que Vicente se acercaba despacio y con cautela a su mesa.
—A ver, Trespaderne ¿dónde está el dichoso mirón? —dijo ya fastidiado por el asunto que le estaba haciendo perder su precioso tiempo.
—Ahí, Don Luis —señaló con un dedo al centro de su mesa.
Don Luis dirigió la mirada hacia el sacapuntas que, para su sorpresa, hacía lo mismo, impropiamente, con ellos. El subdirector se frotó los ojos, que parecían estar engañándole, volvió fijarse con ellos más abiertos aún y dijo:
—No puede ser, qué broma es ésta Trespaderne, sepa que le puedo abrir un expediente.
—No es ninguna broma, Don Luis, yo… verá, en realidad entré en la tienda a comprar un bolígrafo, nunca uso lápiz pero al salir de la tienda, no sé cómo, me encontré con que había comprado ese sacapuntas, no lo entiendo.
—Pues devuélvalo, es lo más simple.
—No crea que no lo intenté, volví a entrar a la tienda a hacer el cambio y creo que lo hice mas al salir estaba dentro de la bolsa este maldito sacapuntas, ya me dio vergüenza devolverlo otra vez.
—¡Deshágase de él entonces! —dijo el subdirector ya enfadado con la historia.
—Sí, eso pensé. Lo tiré a una papelera, ¿para qué me va a servir un sacapuntas? —respondió apurado Vicente— Pero cuando subía en el ascensor me di cuenta que se había metido en mi bolsillo.
—No se preocupe Vicente —por primera vez en su relación laboral le llamó por su nombre de pila—, a partir de ahora yo me haré cargo del asunto. Póngase a trabajar que mire qué horas son ya.
—Gracias Don Luis, no sabe cuánto se lo agradezco, ya no sabía qué hacer.
El subdirector agarró con asco el sacapuntas y sin quitarse la mirada uno del otro, se marchó con el indeseado objeto.
Vicente se sentó aliviado para revisar la pila de informes que tenía sobre la mesa, antes de empezar miró el calendario, pronto sería su cumpleaños aunque a nadie le importara, quizás si le conociera la chica del calendario lo celebraría con él. ¡Cuántas veces había soñado ser uno de los rayos de sol que acariciaban su piel!
No había acabado de revisar el primero cuando notó que alguien le observaba. Levantó la vista y no encontró a nadie, al bajarla de nuevo hacia el informe lo vio. Ahí estaba de nuevo, mirándole con una expresión de disgusto en esos ojos formados por los tornillos que sujetaban las cuchillas, que al pobre oficinista le dio por gritar. Echó la silla hacia atrás con tan mala pata que se cayó golpeándose la cabeza con una esquina del archivador. Al acto aparecieron sus compañeros, secretarias y el subdirector al oír semejante estrépito pero nada pudieron hacer por él.
Como no tenía familia cercana, al entierro no fueron más que sus compañeros, solo los cuatro con los que tomaba café todos los días, además del subdirector en representación de la empresa, al cual le tocó decir unas palabras, destacando los servicios prestados, lo buen trabajador y cumplidor que había sido. Cuando echó un puñado de tierra sobre el ataúd soltó disimuladamente el sacapuntas que había recogido de la mesa del difunto. Todavía no sabía cómo había vuelto a manos de Trespaderne si él mismo lo había tirado a la basura.
Cuando terminó la breve misa por su alma que dieron en la pequeña capilla del cementerio, Don Luis se dirigió al coche, sacó las llaves del bolsillo, arrancó y se metió en el bullicioso tráfico de la autopista. En una zona de velocidad controlada por radar miró el velocímetro y ahí estaba.
—¡No puede ser, te dejé enterrado, no puede ser! —balbuceaba sin darse cuenta de que estaba pisando más el acelerador, cuando lo hizo vio demasiado tarde la columna del puente.
Uno de los policías que estaba haciendo el atestado de tráfico recogió el sacapuntas, no lo incluyó en el inventario y se lo metió en el bolsillo.
—¡Qué gracia!, si parece que mira y todo, si lo que no inventen ahora…
Este cuento vino a proposito del taller Rascaman, que nos sugirió la premisa de un relato o poesía que contuviera la frase: "Me he comprado un sacapuntas, lo he dejado encima de la mesa y me está mirando." Así que ya casi estaba el cuento hecho
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