Otro trabajo de taller, cada uno definía su personaje y una vez definidos todos con un escenario predefinido había que escribir un cuento en el que interaccionaran todos o al menos con alguno de los personajes, siendo sensible al abuso venga de donde venga me metí en la piel de mi personaje quizás intentando comprender que les mueve, como se disculpan ellos sabiendo que lo que hacen es horrible, pero sin disculparlos yo, por eso puse ese breve prefacio.
A veces duele escribir
Me sorprendo mirando por la ventanilla del tren, más que nada porque no recuerdo haber tomado ningún tren y porque no hay nada que mirar, estamos en un túnel. ¿Dije estamos? Me doy cuenta que el vagón va casi repleto, intento disimular mi confusión. No sé cuanto tiempo llevo aquí, es como si acabara de despertar, aunque bien puede ser un sueño. Debe ser por la medicación.
Oigo la voz de una vieja medio chiflada que parece tener muy mal genio, ¡menudo sermón plagado de insultos está soltando al resto de pasajeros! Quizás no sea dirigido a nadie en concreto, tiene los ojos desorbitados y no mira a nadie.
Para ser un sueño es demasiado real. Estoy sudando aun por encima de lo habitual. Uso mi pañuelo para secar las gotas que perlan mi frente, en lo que respecta al resto del cuerpo poco puedo hacer, estos malditos trenes modernos no tienen ventanas que se puedan abrir. Me duelen los pies una barbaridad. ¡Si pudiera quitarme estos zapatos! Escondo los pies debajo del asiento y con disimulo los libero de su cruel prisión, el alivio es inmenso. Pero al rato me veo obligado a enfundarlos a causa del maldito niño que se sienta a mi lado, se puso a jugar con su muñeco tapándole las narices. La culpa es de estos zapatos que no son de piel; bueno, y en parte a la excesiva transpiración que me aqueja. En cuanto al niño mira que es raro, yo de pequeño tenía un madelman y no un peluche, estos eran para los bebes y las niñas. Aunque éste es singular, parece un hombre lobo con una mirada inquietante, es como si estuviera vivo. El chiquillo me mira y me enfrenta su muñeco. Los ojos rojos centellean, debe de ser un juguete eléctrico pero… No, no puede ser, estoy empezando a imaginar cosas, puede que al fin y al cabo sí sea un sueño. Logro abstraerme de la mirada del peluche y vuelvo la cara hacia la ventanilla con fingido aire de indiferencia. Cuando miro otra vez el niño parece inerte con la mirada perdida, mantiene el muñeco entre sus manos mirando hacia delante como si observara a los demás. Me dedico a imitar al lobito.
Al fondo del vagón veo una mujer de pelo moreno y tan lacio como si fluyera con suavidad de una fuente. Su piel es tan lechosa que podría apostar que no tiene sangre en las venas. Sus formas redondeadas son perfectas pero su sonrisa, mientras se muerde las uñas, hace presagiar alguna fatalidad para el que ronde cerca de ella. De todos modos nunca me interesaría por una mujer… Ni siquiera por la rubia que va a su lado, muy elegante y bonita también, pero me temo que ese aire de suficiencia espantará a muchos hombres. La morena de al lado la mira de reojo, no sé si su ordenador portátil o sus pechos, podría ser.
Este túnel parece ya demasiado largo, como una noche oscura y eterna. Creo que los demás pasajeros tienen la misma sensación. Como el punky ese de la cresta. Treinta y tantos años después y qué poco ha cambiado la cosa, aunque antes no había piercings, nos agujereábamos las orejas con imperdibles. Mírale, se levanta, echa un vistazo por la ventanilla, se vuelve a sentar, parece que no puede parar quieto.
Ahí hay otro buen espécimen, un guitarrero. Anda trasteando con su discman, creo que se le ha averiado, lo trata como si fuera algo valioso para él. Hablando de cosas valiosas, allí tenemos un tesoro. ¡Qué beldad de niña! Está leyendo un libro muy interesada, creo que pone algo de cuentos. Sí, eso debe ser, pone algo de “Cuántica”. Seguro que es extranjera, nunca había oído esa palabra. A propósito de la niña, ahora que recuerdo no he tomado la medicación desde… no sé, no logro acordarme. Prometí al juez tomar las pastillas y ahora no las tengo. Esto no me gusta nada, las necesito, no quiero volver a hacer eso. ¡Otra vez esa maldita transpiración! Sudo como un cerdo de sólo pensar en ello, no puedo hacerlo otra vez, no. Cierro los ojos, respiro profundamente, intento no pensar en la niñita. Seguiré observando a los demás, así alejaré estos pensamientos.
Abro los ojos de nuevo, me seco el sudor de la frente. Me siento observado, nunca paso desapercibido, es como si todos supieran mi secreto. Mira, otro músico, éste parece que no tiene problemas de afeitado. Con esas barbas y el pelo tan largo no sé cómo puede ser violinista, no me extrañaría que se le enredara el pelo con las cuerdas. Pero… ¿Qué sucede? La chica de la guitarra ha estallado rompiéndola en mil pedazos. Un hombre de uno de los asientos que están a mi lado se levanta, lleva un maletín de médico. La chica se clavó algunas astillas en la garganta. La sangre parece llamar la atención de algunos de los presentes, otros se fijan más en los pechos que se adivinan aún más cuando el médico le desabrocha un par de botones. Mi mirada se desvía por un momento hacia la chiquilla, no lo puedo evitar. Tiene la falda medio subida, no puedo dejar de mirar las braguitas de flores rosas, son iguales a aquellas que llevaba… Yo no quería que pasara eso, pero se puso a llorar llamando a su mamá, le tapé la boquita y… Pero ya pagué por eso, el doctor me dijo que tomando la medicación no tenía por qué volver a pasar. Y ahora sin pastillas no pudo evitar mirar su entrepierna. Me fuerzo a apartar la mirada de ahí para encontrarme con la suya, me está observando. Me sonríe, siento la sangre agolpada en las mejillas, gotas de sudor resbalan por ellas y caen en mi pantalón. ¡Dios! La erección es evidente para todos. Me levanto para ir al lavabo, me encuentro con la mirada inquisitiva de un muchacho que, después de observarme de arriba abajo, escribe apresuradamente sobre una hoja que apoya en su carpeta. Parece un escritor muerto de hambre, no hay más que ver sus pantalones rotos. Espero que no me tome como personaje de sus relatos.
Dos pasos más y salgo a la intersección del vagón donde se encuentran los servicios. Intento abrir pero la puerta está cerrada. Espero y como nadie sale al cabo de unos minutos llamo con los nudillos. Nadie contesta y tampoco se oye ruido alguno, estará estropeado. Pienso en ir al lavabo de la otra intersección pero tendría que pasar por delante de todos, incluso de ella. Intento sosegarme. Me parece ver un poco de resplandor en el túnel más adelante. Pronto llegaremos a una estación o al aire libre, así al menos podré saber que hago yo aquí y hacia dónde se dirige este tren.
Con esa perspectiva de resolver pronto la incógnita vuelvo a entrar al vagón. Todos me miran, yo agacho los ojos y veo los zapatos de charol, manchados de barro, del médico que vuelve de atender a la chica. Me extraña lo del barro, hace meses que no llueve, o eso creo, ya no estoy seguro de nada. Me siento otra vez y miro mi viejo reloj de agujas, está parado. Marca las doce, no puedo saber si del día o de la noche, y la fecha dieciocho de agosto, pero eso no me aclara nada, no sé cuando se paró.
La viejecita gruñona sigue con su perorata, algo sobre el fin del mundo. Al menos podría dejar de arrastrar su maleta, debe pesar horrores. La podría dejar en el portaequipajes. Ahora que me doy cuenta, están todos vacíos, incluso yo suelo llevar algo más que mi cartera portadocumentos.
Una esperpéntica señora clava sus ojos en mí, está en pijama y con los rulos puestos, lleva además puesto un delantal de cocina sucio y tiene un pie descalzo que intenta esconder detrás del otro calzado con una zapatilla de andar por casa. Es como si se hubiera escapado sin arreglar y con el desayuno a medio hacer. Resopla como un toro bravo mirándome desafiante, ante lo cual desvío mis ojos y me fijo en el ciego, éste seguro que no me dirá nada. Tiene unas manos finas pero trabajadas, me apuesto que hace alguna manualidad. O quizás sea por ver con el tacto, seguro que se ha quemado y hecho daño más de una vez. Pero tiene una pinta de bohemio, con su boina y la chaqueta arrugada, seguro que nunca la llevó a planchar.
¿Y ese descuidado? Con su bolsa de tela, ya le he visto queriendo leer sin gafas, ha intentado enfocar el libro hasta que al final ha desistido y se las ha puesto. Hay gente que no quiere aceptar la edad, bueno, yo también me resisto un poco, pero por suerte todavía veo bien, si la letra es muy pequeña me tengo que esforzar algo. También está lo de mi pelo aunque lo disimulo bien con la laca y el resto de lo que me queda.
El resplandor no parece acercarse más. Sé que la tentación está ahí y no quiero mirar. Cierro los ojos de nuevo e intento dormir. Sueño con ella, me revuelvo en mi asiento, tengo mucho calor. Una brisa de aire me refresca y acabo despertándome. Veo el resplandor aún más intenso y ¿ese aire? ¿De dónde viene? ¡Un momento!, este tren ha cambiado, hemos retrocedido varias décadas, es más antiguo y tiene las ventanillas abiertas. La disposición de los asientos ha cambiado, ahora están enfrentados y no como antes, todos en el sentido de la marcha. Justo delante de mí está la causa de mis desdichas, me sonríe y me guiña un ojo. Todo esto es demasiado para mí, el pecho parece que me va a estallar. Me ahogo, el aire me falta, pido ayuda. Me levanto y caigo redondo al pasillo. Ahora entiendo todo, este tren nos lleva a todos hacia la muerte, ya he oído hablar antes de la luz al final del túnel. Mi niñita se agacha y me da un beso en la frente, luego me susurra al oído:
—Estás aquí y allá, pero no sabes todavía adónde vas. No harás más daño a niñas como yo, gordito cabrón.
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