lunes, 24 de mayo de 2021

¿DÓNDE VAS, GORDITO?


Otro trabajo de taller, cada uno definía su personaje y una vez definidos todos con un escenario predefinido había que escribir un cuento en el que interaccionaran todos o al menos con alguno de los personajes, siendo sensible al abuso venga de donde venga me metí en la piel de mi personaje quizás intentando comprender que les mueve, como se disculpan ellos sabiendo que lo que hacen es horrible, pero sin disculparlos yo, por eso puse ese breve prefacio.              


  A veces duele escribir


Me sorprendo mirando por la ventanilla del tren, más que nada porque no recuerdo haber tomado ningún tren y porque no hay nada que mirar, estamos en un túnel. ¿Dije estamos? Me doy cuenta que el vagón va casi repleto, intento disimular mi confusión. No sé cuanto tiempo llevo aquí, es como si acabara de despertar, aunque bien puede ser un sueño. Debe ser por la medicación.

Oigo la voz de una vieja medio chiflada que parece tener muy mal genio, ¡menudo sermón plagado de insultos está soltando al resto de pasajeros! Quizás no sea dirigido a nadie en concreto, tiene los ojos desorbitados y no mira a nadie.

Para ser un sueño es demasiado real. Estoy sudando aun por encima de lo habitual. Uso mi pañuelo para secar las gotas que perlan mi frente, en lo que respecta al resto del cuerpo poco puedo hacer, estos malditos trenes modernos no tienen ventanas que se puedan abrir. Me duelen los pies una barbaridad. ¡Si pudiera quitarme estos zapatos! Escondo los pies debajo del asiento y con disimulo los libero de su cruel prisión, el alivio es inmenso. Pero al rato me veo obligado a enfundarlos a causa del maldito niño que se sienta a mi lado, se puso a jugar con su muñeco tapándole las narices. La culpa es de estos zapatos que no son de piel; bueno, y en parte a la excesiva transpiración que me aqueja. En cuanto al niño mira que es raro, yo de pequeño tenía un madelman y no un peluche, estos eran para los bebes y las niñas. Aunque éste es singular, parece un hombre lobo con una mirada inquietante, es como si estuviera vivo. El chiquillo me mira y me enfrenta su muñeco. Los ojos rojos centellean, debe de ser un juguete eléctrico pero… No, no puede ser, estoy empezando a imaginar cosas, puede que al fin y al cabo sí sea un sueño. Logro abstraerme de la mirada del peluche y vuelvo la cara hacia la ventanilla con fingido aire de indiferencia. Cuando miro otra vez el niño parece inerte con la mirada perdida, mantiene el muñeco entre sus manos mirando hacia delante como si observara a los demás. Me dedico a imitar al lobito.

Al fondo del vagón veo una mujer de pelo moreno y tan lacio como si fluyera con suavidad de una fuente. Su piel es tan lechosa que podría apostar que no tiene sangre en las venas. Sus formas redondeadas son perfectas pero su sonrisa, mientras se muerde las uñas, hace presagiar alguna fatalidad para el que ronde cerca de ella. De todos modos nunca me interesaría por una mujer… Ni siquiera por la rubia que va a su lado, muy elegante y bonita también, pero me temo que ese aire de suficiencia espantará a muchos hombres. La morena de al lado la mira de reojo, no sé si su ordenador portátil o sus pechos, podría ser.

Este túnel parece ya demasiado largo, como una noche oscura y eterna. Creo que los demás pasajeros tienen la misma sensación. Como el punky ese de la cresta. Treinta y tantos años después y qué poco ha cambiado la cosa, aunque antes no había piercings, nos agujereábamos las orejas con imperdibles. Mírale, se levanta, echa un vistazo por la ventanilla, se vuelve a sentar, parece que no puede parar quieto.

Ahí hay otro buen espécimen, un guitarrero. Anda trasteando con su discman, creo que se le ha averiado, lo trata como si fuera algo valioso para él. Hablando de cosas valiosas, allí tenemos un tesoro. ¡Qué beldad de niña! Está leyendo un libro muy interesada, creo que pone algo de cuentos. Sí, eso debe ser, pone algo de “Cuántica”. Seguro que es extranjera, nunca había oído esa palabra. A propósito de la niña, ahora que recuerdo no he tomado la medicación desde… no sé, no logro acordarme. Prometí al juez tomar las pastillas y ahora no las tengo. Esto no me gusta nada, las necesito, no quiero volver a hacer eso. ¡Otra vez esa maldita transpiración! Sudo como un cerdo de sólo pensar en ello, no puedo hacerlo otra vez, no. Cierro los ojos, respiro profundamente, intento no pensar en la niñita. Seguiré observando a los demás, así alejaré estos pensamientos.


Abro los ojos de nuevo, me seco el sudor de la frente. Me siento observado, nunca paso desapercibido, es como si todos supieran mi secreto. Mira, otro músico, éste parece que no tiene problemas de afeitado. Con esas barbas y el pelo tan largo no sé cómo puede ser violinista, no me extrañaría que se le enredara el pelo con las cuerdas. Pero… ¿Qué sucede? La chica de la guitarra ha estallado rompiéndola en mil pedazos. Un hombre de uno de los asientos que están a mi lado se levanta, lleva un maletín de médico. La chica se clavó algunas astillas en la garganta. La sangre parece llamar la atención de algunos de los presentes, otros se fijan más en los pechos que se adivinan aún más cuando el médico le desabrocha un par de botones. Mi mirada se desvía por un momento hacia la chiquilla, no lo puedo evitar. Tiene la falda medio subida, no puedo dejar de mirar las braguitas de flores rosas, son iguales a aquellas que llevaba… Yo no quería que pasara eso, pero se puso a llorar llamando a su mamá, le tapé la boquita y… Pero ya pagué por eso, el doctor me dijo que tomando la medicación no tenía por qué volver a pasar. Y ahora sin pastillas no pudo evitar mirar su entrepierna. Me fuerzo a apartar la mirada de ahí para encontrarme con la suya, me está observando. Me sonríe, siento la sangre agolpada en las mejillas, gotas de sudor resbalan por ellas y caen en mi pantalón. ¡Dios! La erección es evidente para todos. Me levanto para ir al lavabo, me encuentro con la mirada inquisitiva de un muchacho que, después de observarme de arriba abajo, escribe apresuradamente sobre una hoja que apoya en su carpeta. Parece un escritor muerto de hambre, no hay más que ver sus pantalones rotos. Espero que no me tome como personaje de sus relatos. 

Dos pasos más y salgo a la intersección del vagón donde se encuentran los servicios. Intento abrir pero la puerta está cerrada. Espero y como nadie sale al cabo de unos minutos llamo con los nudillos. Nadie contesta y tampoco se oye ruido alguno, estará estropeado. Pienso en ir al lavabo de la otra intersección pero tendría que pasar por delante de todos, incluso de ella. Intento sosegarme. Me parece ver un poco de resplandor en el túnel más adelante. Pronto llegaremos a una estación o al aire libre, así al menos podré saber que hago yo aquí y hacia dónde se dirige este tren.

Con esa perspectiva de resolver pronto la incógnita vuelvo a entrar al vagón. Todos me miran, yo agacho los ojos y veo los zapatos de charol, manchados de barro, del médico que vuelve de atender a la chica. Me extraña lo del barro, hace meses que no llueve, o eso creo, ya no estoy seguro de nada. Me siento otra vez y miro mi viejo reloj de agujas, está parado. Marca las doce, no puedo saber si del día o de la noche, y la fecha dieciocho de agosto, pero eso no me aclara nada, no sé cuando se paró.

La viejecita gruñona sigue con su perorata, algo sobre el fin del mundo. Al menos podría dejar de arrastrar su maleta, debe pesar horrores. La podría dejar en el portaequipajes. Ahora que me doy cuenta, están todos vacíos, incluso yo suelo llevar algo más que mi cartera portadocumentos.

Una esperpéntica señora clava sus ojos en mí, está en pijama y con los rulos puestos, lleva además puesto un delantal de cocina sucio y tiene un pie descalzo que intenta esconder detrás del otro calzado con una zapatilla de andar por casa. Es como si se hubiera escapado sin arreglar y con el desayuno a medio hacer. Resopla como un toro bravo mirándome desafiante, ante lo cual desvío mis ojos y me fijo en el ciego, éste seguro que no me dirá nada. Tiene unas manos finas pero trabajadas, me apuesto que hace alguna manualidad. O quizás sea por ver con el tacto, seguro que se ha quemado y hecho daño más de una vez. Pero tiene una pinta de bohemio, con su boina y la chaqueta arrugada, seguro que nunca la llevó a planchar.

¿Y ese descuidado? Con su bolsa de tela, ya le he visto queriendo leer sin gafas, ha intentado enfocar el libro hasta que al final ha desistido y se las ha puesto. Hay gente que no quiere aceptar la edad, bueno, yo también me resisto un poco, pero por suerte todavía veo bien, si la letra es muy pequeña me tengo que esforzar algo. También está lo de mi pelo aunque lo disimulo bien con la laca y el resto de lo que me queda.


El resplandor no parece acercarse más. Sé que la tentación está ahí y no quiero mirar. Cierro los ojos de nuevo e intento dormir. Sueño con ella, me revuelvo en mi asiento, tengo mucho calor. Una brisa de aire me refresca y acabo despertándome. Veo el resplandor aún más intenso y ¿ese aire? ¿De dónde viene? ¡Un momento!, este tren ha cambiado, hemos retrocedido varias décadas, es más antiguo y tiene las ventanillas abiertas. La disposición de los asientos ha cambiado, ahora están enfrentados y no como antes, todos en el sentido de la marcha. Justo delante de mí está la causa de mis desdichas, me sonríe y me guiña un ojo. Todo esto es demasiado para mí, el pecho parece que me va a estallar. Me ahogo, el aire me falta, pido ayuda. Me levanto y caigo redondo al pasillo. Ahora entiendo todo, este tren nos lleva a todos hacia la muerte, ya he oído hablar antes de la luz al final del túnel. Mi niñita se agacha y me da un beso en la frente, luego me susurra al oído:

—Estás aquí y allá, pero no sabes todavía adónde vas. No harás más daño a niñas como yo, gordito cabrón.

  


miércoles, 19 de mayo de 2021

Paula

 

EL JARDINERO

 

El jardín donde trabajaba era la última moda entre los ricachones, mi jefe era uno de ellos. Entre sus plantas no había una sola que fuera natural y ninguna era igual a otra. Todas estaban hechas de diferentes aleaciones de metal. Los diferentes forjados, artesanales por supuesto, iban desde el modelo clásico, imitación a flor, a: espirales; vagas imitaciones de cuerpos, solos o en posturas sexuales; algunos recordaban escenas de películas antiguas, cuando aún no existían los holos. A mí, personalmente, me gustan las primeras pues el formato moderno me repugna, sobre todo los olores y el tacto, logran mucha realidad, no me importa pasar frío o calor durante el show, pero de ahí a que te mojen si llueve o ensuciarte de sangre en las escenas macabras, va un trecho ¡vale! Ya sé que son ciborgs y la sangre es artificial pero uno tiene sus manías, además la películas antiguas estaban interpretadas por humanos y siempre existía la posibilidad de un error. Y eso para mí era la perfección.

Los elementos del jardín tenían piedras preciosas que recogían la luz y la almacenaban en forma de energía, para luego por la noche liberarla en un show holográfico a gran escala y reproducir la más bella flor propiedad de Don Álvaro de la Cuesta. Por el día era un jardín con tonos metálicos, sus “flores” se distribuían adecuadamente por cuadrantes, para que desde lo alto de la escalinata que llevaba a la puerta principal de la mansión se viera una imagen cuasi tridimensional de ella, que no era nada comparado con el holo representado en la noche.

Paula de la Cuesta era la más increíble mujer que vi jamás, la más bella flor de este jardín y de cualquiera que pueda imaginarse. Se movía grácilmente por entre los muros de la mansión sin en realidad avanzar, como si de un travelling de cine se tratara. Destacaban en ella una sonrisa perlada perfecta y unos ojos grandes con el brillo de la felicidad que tienen los enamorados. Vestía sólo una camisola rosa semitransparente que dejaba ver las suaves líneas que dibujaban su cuerpo, hacía destacar los ópalos que coronaban sus senos y la sedosa oscuridad de su pubis. La imagen en sí no era pornográfica, ni siquiera llamaba a la lujuria pero sí despertaba otros sentidos, sobre todo el de la envidia por el hombre poseedor de aquella mirada.

 Si bien él la tenía en la intimidad, quería que los demás atisbasen un poquito de su más preciada posesión. El holo de Paula sobresalía varios metros por encima de los muros de la mansión. Era de una belleza indescriptible, la mujer de los sueños de cualquier hombre y sin embargo la que estaba mas fuera del alcance de cualquiera. Aún yo, después de dos años trabajando a las órdenes de don Álvaro, no la había visto nunca, era una tortura mirarla todas las noches y saber que estando tan cerca nunca la tendría. A pesar de todo ello yo trabajaba gustosamente para que el jardín se mostrara bello por el día con los reflejos del sol sobre los diamantes, rubíes, ópalos, topacios, esmeraldas y un sin fin de piedras preciosas. Y que luciera impresionante por la noche con aquella imagen holográfica descomunal que quitaba la respiración. Me sentía como un sacerdote velando el templo de la diosa.

Sólo una mañana, mientras trabajaba, vi un atisbo entre dos cortinas que rápidamente se cerraban, ni siquiera fue una imagen sino una sombra fugaz que al rato me parecía obra de mi imaginación, pero desde entonces sentía que alguien me observaba cuando estaba en el jardín. Me volvía de repente a mirar hacia la ventana donde creía haberla visto.

A pesar de todas las riquezas y de la mujer que tenía, no se veía a Don Álvaro un hombre feliz, como si sobre él pesara una maldición o una terrible condena.

Yo seguía obsesionado con la sombra que vi entre las cortinas y con Paula, así que opté por indagar preguntando al personal del interior de la mansión. El personal tenía que usar la puerta de servicio trasera, cerca de donde yo tenía la caseta de herramientas, que me servía a su vez de taller de reparaciones, así que sólo tenía que esperar mi ocasión. Lo intenté con dos sirvientes que me hicieron callar enseguida, pues el mayordomo les tenía prohibido hablar de lo que ocurría dentro. Decían que era por seguridad y me recomendaban olvidarme del tema. Pero esta negativa avivó aun más mi curiosidad e hizo más fuerte mi determinación por conocer a la mujer de mis sueños. Entonces probé con una limpiadora pizpireta que siempre me saludaba alegremente cuando salía. Esperé el día propicio en que Cecilia salía sola y me puse a coquetear con ella. La invité a salir, a lo que ella declaró:

Creía que no me lo ibas a pedir nunca.

En ese momento supe que tendría toda la información que quisiera de ella. Pero no me quise precipitar, salimos un par de veces al cine donde hubo besos y toqueteos al amparo de la oscuridad. A la tercera cita me invitó a su casa a cenar. Quedamos, claro está, después de cumplir con mi trabajo de supervisión del holo nocturno en el jardín. Ver el cuerpo de Paula esa noche me excitó como nunca, no sé si sería a causa de la cita con Cecilia, durante la cual esperaba sexo y obtener algo más de ella.

Durante la cena le fui preguntando acerca de su trabajo en la mansión, sobre si la señora era muy exigente o era buena con el servicio. Con sorpresa descubrí que nadie que ella conociera la había visto. Sólo sabía que una de las habitaciones estaba cerrada y les habían prohibido acercarse. Por lo que a ella le concernía, era mejor así, un lugar menos que limpiar. No conseguí sacar nada más, pues Cecilia empezó requerir otro tipo de atención, con el pie desnudo por debajo de la mesa desvió la conversación hacia temas mas hormonales. Después de la visión de Paula esa noche, el tener sexo con Cecilia fue como tener mucha sed y mojarse apenas los labios. No es que la chica estuviera mal, era resultona, simpática, un poco extra de carnes aquí y allá, pero todo bien distribuido y en su sitio. Aun así nada que ver con la perfección de Paula, era como comparar la sencillez de una margarita, con sus líneas simples y a la vista de todos, con la estilización de una orquídea, con algo más que ver detrás de cada pétalo.

Después de tener breves escarceos durante el trabajo en la caseta de herramientas, volví a insistir en mis averiguaciones. Sólo saqué en claro la situación de la habitación misteriosa y un cabreo monumental por parte de Cecilia. La intenté convencer de que sus celos eran infundados, que yo solo sentía curiosidad.

—¡La curiosidad mató al gato! ¡Y lo tuyo ya es obsesión! —me contestó.

Después de esta discusión traté de evitarla, cosa que no siempre conseguí, pues ella me perseguía con denuedo para luego de hacerme el amor y discutir otra vez. Lo peor es que ella tenía razón, yo estaba obsesionado con Paula. Cecilia lo tenía que notar, pues yo no atendía muchas veces a sus requerimientos. La cosa empeoró, cuando una noche en su casa, me imaginé que con quien hacía el amor era Paula, al venir el momento cumbre empecé a gemir pronunciando su nombre, lo que desencadenó un huracán de sucesos. Salí de allí medio desnudo, entre gritos, lloros, amenazas y manotazos que con poca fortuna conseguía esquivar, al irme tapando como podía delante de los vecinos, que alarmados salieron a la escalera en pijama y zapatillas para ver lo que sucedía. En ese instante decidí acabar con el misterio que alimentaba mi obsesión pasara lo que pasara.

Entré esa misma noche en la mansión saltando la valla por un ángulo muerto para las cámaras. Había estudiado esto durante largos meses por si me decidía, además tener memorizado un recorrido por el jardín por el cual fui anulando los sensores poco a poco. La seguridad en la puerta de entrada de la cocina era por simple contacto de dos conectores, así que lo puenteé. Una vez dentro se acabaron los sistemas de vigilancia, pues don Álvaro valoraba mucho su intimidad y por la noche sólo pernoctaban él y el mayordomo en la otra punta del edificio.

Me fue fácil localizar la puerta de la habitación objeto de mi atención. Con tanta precipitación me olvidé de las herramientas que tenía preparadas en mi caseta. No creía poder abrirla, pero lo intenté, bajé el picaporte y sin un solo ruido la puerta cedió al empuje de mi mano.

Ahí estaba ella, como si me hubiera esperado sentada en el borde de la cama abriendo sus brazos hacia mí. Era como un sueño, me acerqué lentamente mientras me sonreía y miraba con ese brillo en sus ojos. Llevaba puesto el mismo camisón rosa que lucía en el holo, entonces ya debiera haberme dado cuenta de algo, pero no, yo estaba ciego de amor hacia ella, aun lo estoy. Nos abrazamos apasionadamente, rodamos entre las sábanas. Hicimos el amor con locura, sin notar yo el cansancio de que hacía poco había yacido junto a otra mujer imaginando ese momento. De hecho no existía nada más que ese momento.

Cuando desperté, don Álvaro me miraba con gesto de locura y dolor. Busqué a mi amada Paula para comprobar con horror que a mi lado yacía sólo un esqueleto vestido con una camisola rosa raída. Don Álvaro profirió un alarido desgarrador, yo aun bajo el shock y sin entender nada salí corriendo por segunda vez en pocas horas, tropezándome en el camino con el mayordomo a cuya vera estaba Cecilia con el odio dibujado en su cara. Más tarde recordé su expresión y supe que me había delatado. Lo que me quedaría sin saber es el sin sentido de lo que pasó esa noche. No pude volver a penetrar en la mansión, se reforzó la seguridad y el holo nunca volvió a brillar en la oscuridad. Yo sin embargo sigo rondando los muros de esta prisión que es el mundo exterior al jardín, a la propiedad donde trabajé. Cumpliendo la peor pena que un hombre pueda sufrir, vivir cuando apenas había saboreado la completa felicidad.

 

EL SEÑOR

 

Maldigo el día que contraté a ese jardinero, pero me aseguraron que era el mejor técnico electrónico que había disponible. También le doy gracias pues me devolvió mi libertad, aunque mi pena seguía estando ahí, pues aun amaba a Paula.

La conocí en uno de mis viajes a Colombia, estaba en tratos con un hacendado para comprarle toda su producción de café, aun meses antes de cosecharla con lo que abarataba el precio a costa de un gran riesgo. Él se beneficiaba y yo también. Su hija menor nos servía una taza, muestra de la calidad del producto, mientras discutíamos cantidades, porcentajes y plazos. Ella no llegaba a los diecisiete años, pero su belleza y su cuerpo parecían decir todo lo contrario. Anduvo rondando todo el tiempo cerca de nosotros en el porche de la casa, que nos servía de improvisado despacho debido al inusual calor reinante en la provincia. Yo no podía apartar los ojos de ella, cosa de la que el padre se percató. Todavía me ando preguntando si no es que ella entró dentro del trato, al final pagué un poco más de lo que tenía previsto. El caso es que me dijo que nos lo tomáramos con calma, que había tiempo de sobra y que mientras tanto visitáramos la plantación y los alrededores. Yo no tenía prisa, el lugar merecía la pena y los ojos de ella también.

Paula nos acompaño en una de estas visitas, una plantación situada en la falda de una montaña cercana a Pereira. Nada más llegar Juan recibió una llamada, nos dijo que tendríamos que posponer la excursión, pues un asunto urgente le reclamaba. Paula protesto como una niña, le pidió que nos dejara, que ella me enseñaría la plantación, que además llevábamos comida que ella había preparado, que volviera a la tarde a recogernos. Juan me dijo que cuando se ponía así era mejor no contradecirla, que era una niña mimada e insoportable. Ella reía alegremente pues sabía que su padre accedía a todos sus caprichos. Así que se marchó, dejándole el mandato de cuidarme, cosa que me hizo bastante gracia.

Me fue enseñando la plantación al tiempo que me explicaba todo el proceso y el trabajo que costaba sacar adelante la producción. Solía acompañar a su padre a todos lados y había asimilado todo lo que tenía que saber del negocio, incluso mejor que su hermano mayor. Pero ella nunca lo llevaría por el simple hecho de ser mujer. A su padre le daba mucha rabia que fuera ella la única que se interesaba. Su hermano andaba más interesado en líos de faldas y juergas que en aprender a llevar la hacienda. Más de una vez su padre le había dicho que ójala hubiera sido ella el varón. Hasta había amenazado con desheredar a su hijo.

Cuando llegamos a la orilla de un río, que circundaba la plantación, era ya mediodía. Paula propuso bañarnos antes de comer, invitación que decliné pues no venía preparado, entonces sacó un bañador de su mochila y riendo me lo tiró a la cara.

–Es de mi hermano, espero que te valga –y empezó a desvestirse dejando ver sus bonitas formas que resaltaban aun más con el bikini de alegre colorido que llevaba debajo de su ropa. Yo me cambié detrás de una mata de café, mientras ella ya se adentraba en el río.

La temperatura del agua contrastaba bastante con la ambiental, por lo que fui entrando despacio. Paula al verme empezó a salpicarme mientras sus carcajadas se hacían más sonoras.

–¡Ahora verás! –dije riéndome también y me lancé a por ella, la cogí por los hombros y le hice una pequeña aguadilla, cuando salió había cogido agua con la boca y me la echó a presión a la cara cegándome, momento que aprovechó para plantarme un beso en los labios. Me dejó K.O. disfruté del beso mas dulce que había probado jamás, hasta que reaccioné y me separé de ella a mi pesar.

–No –le dije lo más calmado que pude –, no traicionaré la confianza y la hospitalidad de tu padre, además eres menor, esto no tenía que haber sucedido y de hecho no ha pasado nada.

–Como quieras –me contestó con gesto picaruelo.

Salimos del agua. Paula me daba la espalda. Yo me daba cuenta de que lo hacía adrede para ofrecerme la oportunidad de mirar su cuerpo directamente, sin miradas furtivas. Sí por edad casi era una niña, por físico era toda una mujer. Pero algo me decía que sería aprovecharme, además de todas las consecuencias que podría traerme.

Cuando empezamos a comer casi en silencio, intentando mantener una conversación forzada, se nos unió el padre. El asunto urgente que le hizo abandonar la excursión, era su hijo. Le habían detenido borracho por una pelea de discoteca, nada que no solucionara una fianza, incluido algún soborno a funcionarios.

De repente me dio una prisa tremenda por finiquitar ahí mismo el negocio. Juan pareció un poco molesto, me preguntó que si no estaba disfrutando de su hospitalidad. Le tuve que convencer que, mentí, ya me había demorado bastante en otros asuntos, que los días que pasé con ellos fueron estupendos, eso era verdad. Al final estuvo de acuerdo, regateamos un poco más el precio y nos dimos la mano, luego ya lo expresarían en papel los abogados. Mientras comíamos y discutíamos no pude evitar el echar miradas rápidas a Paula. Algo me decía que tenía que alejarme, pero por otra parte me sentía atraído por ella sin remedio.

Esa misma noche volví a España para hacer tratos con unos fabricantes de sidra, la bebida de moda en esta época, que poco a poco le fue ganando terreno al champagne francés. Así pude regresar un poco a las raíces, pues la sidrería quedaba a escasos cien kilómetros de mi casa en Santander.

Pasé una semana de locura, por más que me inundé de trabajo, por más que fui con otras mujeres, no podía sacarme a Paula de la cabeza. Una llamada de Juan, acerca de un problema de entendimiento entre abogados, me dio la oportunidad de volver a Colombia.

Juan me esperaba en el aeropuerto con los contratos a medio redactar, con lo que me llevé una desilusión, no podría ver a Paula. Una vez ultimamos los flecos que quedaban pendientes y firmamos, Juan me dijo que me veía mala cara, que si estaba bien. Me atreví a confesarle lo que pasó en el río y que desde entonces no podía pensar en otra cosa que en ella.

–Ya noté yo algo raro durante la comida, además de esas prisas de usted.

–Se lo juro que mis intenciones son buenas, quisiera casarme con su hija si usted da su consentimiento –El me miró asombrado, pero no enfadado, me comentó que ella no había dicho nada al respecto y eso que tenía con ella bastante confianza. Entonces me vi forzado a hacer mi segunda confesión,

–Es que ella todavía no lo sabe, quería estar seguro de que usted lo aprobaba –A Juan se le iluminó la cara, se empezó a reír ante mi desconcierto.

–¡Que yerno mas anticuado voy a tener! Jajajaja, perdone usted, es que yo tuve que raptar a mi esposa y usted va y me pide permiso. ¡Ande güevón y vaya a preguntarle a ella! ¡Quién mejor que usted! Me hace tremendamente feliz y encima me ha demostrado lealtad y respeto –yo, entre azorado y aliviado, suspiré –. ¡Venga un abrazo!

En cuanto bajé del coche de Juan en la hacienda, Paula salió corriendo hacia mí y se me colgó del cuello.

–Veo que no hace falta que le pidas nada –dijo el padre.

–Sí, sí hace falta –dije yo y continué preguntándole a ella –¿quieres vivir el resto de tus días a mi lado? – no sabía yo entonces que “el resto de sus días” fueran a ser tan pocos. Ella entonces miró a su padre, luego a mí y me dijo que sí.

Después de preparativos interminables, en Colombia todavía se estila casarse por el rito católico, vinieron los festejos y agasajos. Me parecieron eternos y por fin pude tenerla solo para mí. Disfruté cuanto pude de su amor, de su juventud, de su sonrisa y de su hermosura. Pero pronto las obligaciones me reclamaron, no sin protestas por parte de ella. Alguna vez viajaba conmigo, enseguida le aburrieron los hoteles y los aeropuertos donde cerraba muchos de mis contratos. Rara vez disfruto de visitas mas profundas a los sitios donde voy, mi estancia en Pereira fue excepcional. La intentaba compensar luego, pero nada pude hacer para siguiera viniendo conmigo. Procuraba estar con ella lo máximo posible. Por su cumpleaños le regalé el jardín como prueba de mi amor. Yo mismo la grabé con equipo holo, pero quería que todo el mundo admirara su belleza, por eso lo mandé hacer el jardín. Al principio me confesó que le daba un poco de vergüenza verse así de expuesta, la convencí de que todo en ella era hermoso y no había nada malo ni perverso en esas imágenes.

Los servicios de la empresa que montó el jardín incluían un técnico de mantenimiento. Cuando regresé de uno de mis viajes, vi a Paula discutiendo con él al fondo, para cuando atravesé todos los parterres el incidente había terminado. Le pregunté por lo sucedido, ella me contó que la noche anterior hubo un fallo en el holo, pero que ya estaba resuelto. Le dije que si había algún problema con el personal se le sustituía sin miramientos. Me respondió que no, que todo estaba solucionado, que lo olvidara. A mí me quedó la cosa de que la discusión me había parecido más fuerte y con carácter bidireccional, pero ella me lo hizo olvidar pronto.

Mi siguiente viaje era a Nueva York, previa escala en Barajas, donde llegué pasadas las nueve de la noche. Ahí recibí una llamada que canceló el negocio. A las diez había otro vuelo a Santander. En el aeropuerto compré unas joyas de tonalidades rosas para mi mujer, era el color que más le gustaba y he de reconocer que le sentaba muy bien. Volví a casa sin avisar, quería darla una sorpresa. Ya era medianoche cuando entré nuestra habitación. Estaba a oscuras y no quise encender la luz. Me pareció que dormía con una respiración un tanto agitada como si tuviera una pesadilla. Tendí la mano para despertarla y lo que sentí fue algo distinto. Ella gritó, hubo un movimiento extraño. Encendí la luz para ver sólo como el técnico escapaba desnudo. Me sentí desbordado por el dolor. Luego vino la oscuridad.

Cuando el mayordomo me sacudió por los hombros dejé de gritar, abrí los ojos llenos de lágrimas para descubrir como mis manos atenazaban el cuello de mi querida Paula, de mi adorada Paula, de mi infiel Paula. Mi dolor fue aun mayor al observar sus grandes ojos sin vida. El mayordomo intentó reanimarla, al rato se dio por vencido. En ese momento deseé estar también muerto.

De haber estado solo no se que hubiera pasado, el mayordomo me llevo fuera del cuarto, me dio un somnífero, que tomé como un autómata, y me dejó en la habitación de invitados. Cuando amanecí allí, me encontraba bien, relajado, pero no sabía porque diablos estaba ahí. Me vinieron de golpe a la memoria los sucesos de la noche anterior. ¡No!, me dije, ha sido una pesadilla, ha sido una pesadilla, no quería creer que fuera verdad. Salí corriendo de la habitación en busca de Paula. El ala donde estaba nuestro dormitorio estaba completamente cerrada. Llamé al mayordomo a gritos. Éste apareció con otro tranquilizante en la mano. Me explicó que había mandado a todo el personal a su casa cuando aparecieron por la mañana. Les contó que Paula y yo habíamos marchado a Colombia y que ya se les llamaría a la vuelta. Él esperaba a que yo estuviera más sereno para decidir que hacer. Yo no estaba seguro de nada, no me atrevía a preguntarle que había pasado, que había visto él y porqué no me denunciaba.

El dolor todavía me taladraba la cabeza, no era capaz de pensar, sólo me venían una y otra vez las imágenes como si de un bucle holo se tratara: los jadeos, el olor a sexo, la desnudez del técnico saliendo por la puerta, los gritos, mis manos en el cuello de Paula, sus ojos desorbitados y vuelta a empezar.

Desperté de noche, en esa ocasión sí me daba cuenta de la realidad, tenía que cumplir mi pena, me entregaría a la policía y que me encerraran para siempre. Pero antes quería ver a Paula por última vez, fui a lo que había sido nuestro lecho. El pasillo que conducía al ala norte estaba abierto ahora, entré en la habitación. El mayordomo le había tapado con una sábana y cerrado los ojos. Aun a pesar del rictus que le quedó al morir estrangulada por mis manos, seguía siendo bellísima. Ahora la hubiera perdonado de estar viva. Todavía no sé como pude hacerlo, aun la amaba. Otra vez se agudizaba en mí un sentimiento de desesperación, que crecía cada vez más, cuando ella abrió los ojos y me sonrió. Asombrado, atónito, confuso, dije:

–¡Estás viva! ¡Gracias a Dios! Perdóname mi vida, yo no quise...

–No cariño, no estoy viva pero sigo aquí atada a tu amor –Me eché hacia atrás, la miré ya no tenía las marcas de mis manos en el cuello.

–Ya sé que hice mal. Búrlate de mí si quieres pero estás viva.

–No Álvaro, no –se levantó dirigiéndose hacia mí –. Tócame y compruébalo –. Lo hice, retiré la mano enseguida, estaba muy fría.

–Entonces tú...

–Ya te lo he dicho. Deberías enterrarme. Lo que hicimos ya no tiene remedio, no te atormentes.

–¡No! Te quiero aquí conmigo, te amo, lo sabes.

–No, no lo sé, me estrangulaste.

–No sabía lo que hacía –respondí –, estaba ciego de dolor.

–¿Y ahora?

–Estoy arrepentido –dije bajando la cabeza.

–Tendrás que cumplir una penitencia.

–Dime cuál, pagaré.

–Vendrás aquí todas las noches. No podrás viajar, es lo que tenías que haber hecho antes, no dejarme sola. Ahora vete, va a amanecer –salí con lágrimas en los ojos. La pérdida no era ya tan grande y mi crimen sería redimido noche tras noche. Tendría que soportar mi condena.

Así lo hicimos. El ala norte permaneció cerrada mientras cada día Paula se iba descomponiendo, luego solo permaneció cerrado su dormitorio. Cuando la oscuridad tejía su manto, ella despertaba y me torturaba con reproches, contando los besos que no la di, los hijos que no tuvimos, las noches que no pasamos juntos... De este modo pagaba por mis pecados en un infierno voluntario en vida.

El holo volvió a brillar en la oscuridad, tuve que contratar a un nuevo técnico, bueno esta vez le llamaba jardinero. Parecía muy eficiente, nunca tuve queja de él, lo mantenía todo apunto y pulcro.

Una noche, Paula enseguida me dijo que me fuera, le pregunte el porqué y me contestó que ya no soportaba mis lágrimas y mis lamentos, que desapareciera de su vista. Salí de ahí olvidando cerrar la puerta, dolorido por el desprecio mostrado.

Ya me había acostumbrado a no dormir, me senté en un sillón, reconcomiéndome por dentro. Al final caí en un sueño profundo en el cual el padre de Paula me acusaba con el dedo ante un tribunal que permanecía en la oscuridad.

–Sí, es él, Don Álvaro de la Cuesta a quién yo le entregué mi hija creyendo que era noble y honesto ¡Él la mato! ¡Él la mató! ¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro!

–¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro! ¡Despierte! –me decía el mayordomo sacudiéndome por los hombros suavemente.

–Sí, sí ¿Qué pasa? –desperté sobresaltado.

–Es Cecilia, la camarera, vino temprano esta mañana, me ha contado una historia extraña. Creí que tenía que escucharla.

Escuché la historia de cómo el jardinero se había obsesionado con Paula y le había hecho preguntas a Cecilia acerca de Paula. El caso es que pensé que era normal que el personal se hiciera preguntas y detecté celos en la camarera. Aunque interiormente agradecí que me sacaran del a pesadilla, les reprendí por molestarme con una historia semejante. El mayordomo habló entonces:

–Eso no es todo señor, se que alguien ha utilizado la puerta trasera. Por las noches me levanto a beber agua. La casa es grande y no es que no me fié de las medidas de seguridad, pero yo añado una más sencilla, pongo un papel doblado pegado a la puerta, si lo veo tal y como lo dejé, estoy tranquilo. Pero hoy cuando fui a abrir a Cecilia no estaba así.

–¿Cómo? –de repente me acordé que no había cerrado la habitación de Paula.

–No estoy seguro pero creo que alguien puede haber entrado.

–¡Es lo primero que me tenías que haber dicho! –salí corriendo hacia el dormitorio, cuando entré reviví otra vez la escena de hacía dos años, sólo que era de día y Paula era un esqueleto. A su lado yacía dormido el jardinero. Otra vez vino hacia mí aquel dolor unido al asco de la escena. Mis gritos despertaron al amante, que aturdido y desconcertado al verse descubierto, y viendo lo que era una Paula muy distinta a la que él había disfrutado de noche, salió corriendo. Yo fui detrás, pues por vez primera me di cuenta del olor a podredumbre existente en la habitación. Vomité a los pies del mayordomo, que estaba fuera con la camarera. Fue como si lo hubiera echado todo, me dije: basta, ya has pagado tu crimen.

Cerré otra vez el ala, hice desmontar el jardín, enterré a Paula bien profundo en un rincón de éste. Ahora si hay flores verdaderas por todas partes. El jardinero es un señor de bastante edad amigo del mayordomo, el otro día me comentó lo grande y hermoso que crecía el rosal que había al lado de la tapia.

 

martes, 18 de mayo de 2021

Mírame


Veinte años después de entrar en la empresa sin faltar ningún día, sin dar un solo motivo de queja, siendo considerado un empleado ejemplar, Vicente Trespaderne se presentó en el despacho de su jefe y dijo:

—Me he comprado un sacapuntas, lo he dejado encima de la mesa y me está mirando.

—¿Pero qué dice, Trespaderne? ¿Se encuentra usted bien? —preguntó preocupado el subdirector.

—Me encuentro bien, Don Luis, sólo le he comunicado lo que me sucede y esto es que: me he compra….

—Ya, ya, no siga por favor. Vaya a su mesa que enseguida compruebo lo que me dice —atajó.

Vicente salió confiado en que su jefe le resolvería el problema, pero antes de llegar a traspasar el quicio de la puerta se dio cuenta del terror que le causaba el sacapuntas, giró para objetar la orden recibida pero al ver que su superior se disponía a hablar por teléfono desistió. Se le ocurrió una ruta alternativa a su puesto de trabajo, le llevaría más tiempo, todo por no encontrarse con el afilalápices mirón.

Después de telefonear, Don Luis se acercó a la mesa de Trespaderne para ver por sí mismo ese sacapuntas que le preocupaba tanto a su empleado. Llegó al mismo tiempo que Vicente se acercaba despacio y con cautela a su mesa.

—A ver, Trespaderne ¿dónde está el dichoso mirón? —dijo ya fastidiado por el asunto que le estaba haciendo perder su precioso tiempo.

—Ahí, Don Luis —señaló con un dedo al centro de su mesa.

Don Luis dirigió la mirada hacia el sacapuntas que, para su sorpresa, hacía lo mismo, impropiamente, con ellos. El subdirector se frotó los ojos, que parecían estar engañándole, volvió fijarse con ellos más abiertos aún y dijo:

—No puede ser, qué broma es ésta Trespaderne, sepa que le puedo abrir un expediente.

—No es ninguna broma, Don Luis, yo… verá, en realidad entré en la tienda a comprar un bolígrafo, nunca uso lápiz pero al salir de la tienda, no sé cómo, me encontré con que había comprado ese sacapuntas, no lo entiendo.

—Pues devuélvalo, es lo más simple.

—No crea que no lo intenté, volví a entrar a la tienda a hacer el cambio y creo que lo hice mas al salir estaba dentro de la bolsa este maldito sacapuntas, ya me dio vergüenza devolverlo otra vez.

—¡Deshágase de él entonces! —dijo el subdirector ya enfadado con la historia.

—Sí, eso pensé. Lo tiré a una papelera, ¿para qué me va a servir un sacapuntas? —respondió apurado Vicente— Pero cuando subía en el ascensor me di cuenta que se había metido en mi bolsillo.

—No se preocupe Vicente —por primera vez en su relación laboral le llamó por su nombre de pila—, a partir de ahora yo me haré cargo del asunto. Póngase a trabajar que mire qué horas son ya.

—Gracias Don Luis, no sabe cuánto se lo agradezco, ya no sabía qué hacer.

El subdirector agarró con asco el sacapuntas y sin quitarse la mirada uno del otro, se marchó con el indeseado objeto.

Vicente se sentó aliviado para revisar la pila de informes que tenía sobre la mesa, antes de empezar miró el calendario, pronto sería su cumpleaños aunque a nadie le importara, quizás si le conociera la chica del calendario lo celebraría con él. ¡Cuántas veces había soñado ser uno de los rayos de sol que acariciaban su piel!

No había acabado de revisar el primero cuando notó que alguien le observaba. Levantó la vista y no encontró a nadie, al bajarla de nuevo hacia el informe lo vio. Ahí estaba de nuevo, mirándole con una expresión de disgusto en esos ojos formados por los tornillos que sujetaban las cuchillas, que al pobre oficinista le dio por gritar. Echó la silla hacia atrás con tan mala pata que se cayó golpeándose la cabeza con una esquina del archivador. Al acto aparecieron sus compañeros, secretarias y el subdirector al oír semejante estrépito pero nada pudieron hacer por él.

Como no tenía familia cercana, al entierro no fueron más que sus compañeros, solo los cuatro con los que tomaba café todos los días, además del subdirector en representación de la empresa, al cual le tocó decir unas palabras, destacando los servicios prestados, lo buen trabajador y cumplidor que había sido. Cuando echó un puñado de tierra sobre el ataúd soltó disimuladamente el sacapuntas que había recogido de la mesa del difunto. Todavía no sabía cómo había vuelto a manos de Trespaderne si él mismo lo había tirado a la basura.

Cuando terminó la breve misa por su alma que dieron en la pequeña capilla del cementerio, Don Luis se dirigió al coche, sacó las llaves del bolsillo, arrancó y se metió en el bullicioso tráfico de la autopista. En una zona de velocidad controlada por radar miró el velocímetro y ahí estaba.

—¡No puede ser, te dejé enterrado, no puede ser! —balbuceaba sin darse cuenta de que estaba pisando más el acelerador, cuando lo hizo vio demasiado tarde la columna del puente.

Uno de los policías que estaba haciendo el atestado de tráfico recogió el sacapuntas, no lo incluyó en el inventario y se lo metió en el bolsillo.

—¡Qué gracia!, si parece que mira y todo, si lo que no inventen ahora…


Este cuento vino a proposito del taller Rascaman, que nos sugirió la premisa de un relato o poesía que contuviera la frase: "Me he comprado un sacapuntas, lo he dejado encima de la mesa y me está mirando." Así que ya casi estaba el cuento hecho