EL JARDINERO
El jardín donde trabajaba era la última
moda entre los ricachones, mi jefe era uno de ellos. Entre sus plantas no había
una sola que fuera natural y ninguna era igual a otra. Todas estaban hechas de
diferentes aleaciones de metal. Los diferentes forjados, artesanales por
supuesto, iban desde el modelo clásico, imitación a flor, a: espirales; vagas
imitaciones de cuerpos, solos o en posturas sexuales; algunos recordaban
escenas de películas antiguas, cuando aún no existían los holos. A mí, personalmente,
me gustan las primeras pues el formato moderno me repugna, sobre todo los
olores y el tacto, logran mucha realidad, no me importa pasar frío o calor
durante el show, pero de ahí a que te mojen si llueve o ensuciarte de sangre en
las escenas macabras, va un trecho ¡vale! Ya sé que son ciborgs y la sangre es
artificial pero uno tiene sus manías, además la películas antiguas estaban
interpretadas por humanos y siempre existía la posibilidad de un error. Y eso
para mí era la perfección.
Los elementos del jardín tenían piedras
preciosas que recogían la luz y la almacenaban en forma de energía, para luego
por la noche liberarla en un show holográfico a gran escala y reproducir la más
bella flor propiedad de Don Álvaro de la Cuesta. Por el día era un jardín con
tonos metálicos, sus “flores” se distribuían adecuadamente por cuadrantes, para
que desde lo alto de la escalinata que llevaba a la puerta principal de la
mansión se viera una imagen cuasi tridimensional de ella, que no era nada
comparado con el holo representado en la noche.
Paula de la Cuesta era la más increíble
mujer que vi jamás, la más bella flor de este jardín y de cualquiera que pueda
imaginarse. Se movía grácilmente por entre los muros de la mansión sin en
realidad avanzar, como si de un travelling de cine se tratara. Destacaban en
ella una sonrisa perlada perfecta y unos ojos grandes con el brillo de la
felicidad que tienen los enamorados. Vestía sólo una camisola rosa
semitransparente que dejaba ver las suaves líneas que dibujaban su cuerpo,
hacía destacar los ópalos que coronaban sus senos y la sedosa oscuridad de su
pubis. La imagen en sí no era pornográfica, ni siquiera llamaba a la lujuria
pero sí despertaba otros sentidos, sobre todo el de la envidia por el hombre
poseedor de aquella mirada.
Si
bien él la tenía en la intimidad, quería que los demás atisbasen un poquito de
su más preciada posesión. El holo de Paula sobresalía varios metros por encima
de los muros de la mansión. Era de una belleza indescriptible, la mujer de los
sueños de cualquier hombre y sin embargo la que estaba mas fuera del alcance de
cualquiera. Aún yo, después de dos años trabajando a las órdenes de don Álvaro,
no la había visto nunca, era una tortura mirarla todas las noches y saber que
estando tan cerca nunca la tendría. A pesar de todo ello yo trabajaba
gustosamente para que el jardín se mostrara bello por el día con los reflejos
del sol sobre los diamantes, rubíes, ópalos, topacios, esmeraldas y un sin fin
de piedras preciosas. Y que luciera impresionante por la noche con aquella
imagen holográfica descomunal que quitaba la respiración. Me sentía como un
sacerdote velando el templo de la diosa.
Sólo una mañana, mientras trabajaba, vi un
atisbo entre dos cortinas que rápidamente se cerraban, ni siquiera fue una imagen
sino una sombra fugaz que al rato me parecía obra de mi imaginación, pero desde
entonces sentía que alguien me observaba cuando estaba en el jardín. Me volvía
de repente a mirar hacia la ventana donde creía haberla visto.
A pesar de todas las riquezas y de la
mujer que tenía, no se veía a Don Álvaro un hombre feliz, como si sobre él
pesara una maldición o una terrible condena.
Yo seguía obsesionado con la sombra que vi
entre las cortinas y con Paula, así que opté por indagar preguntando al
personal del interior de la mansión. El personal tenía que usar la puerta de
servicio trasera, cerca de donde yo tenía la caseta de herramientas, que me
servía a su vez de taller de reparaciones, así que sólo tenía que esperar mi
ocasión. Lo intenté con dos sirvientes que me hicieron callar enseguida, pues
el mayordomo les tenía prohibido hablar de lo que ocurría dentro. Decían que
era por seguridad y me recomendaban olvidarme del tema. Pero esta negativa
avivó aun más mi curiosidad e hizo más fuerte mi determinación por conocer a la
mujer de mis sueños. Entonces probé con una limpiadora pizpireta que siempre me
saludaba alegremente cuando salía. Esperé el día propicio en que Cecilia salía
sola y me puse a coquetear con ella. La invité a salir, a lo que ella declaró:
—Creía que no me lo ibas a pedir nunca.
En ese momento supe que tendría toda la
información que quisiera de ella. Pero no me quise precipitar, salimos un par
de veces al cine donde hubo besos y toqueteos al amparo de la oscuridad. A la
tercera cita me invitó a su casa a cenar. Quedamos, claro está, después de
cumplir con mi trabajo de supervisión del holo nocturno en el jardín. Ver el
cuerpo de Paula esa noche me excitó como nunca, no sé si sería a causa de la
cita con Cecilia, durante la cual esperaba sexo y obtener algo más de ella.
Durante la cena le fui preguntando acerca
de su trabajo en la mansión, sobre si la señora era muy exigente o era buena
con el servicio. Con sorpresa descubrí que nadie que ella conociera la había
visto. Sólo sabía que una de las habitaciones estaba cerrada y les habían
prohibido acercarse. Por lo que a ella le concernía, era mejor así, un lugar
menos que limpiar. No conseguí sacar nada más, pues Cecilia empezó requerir
otro tipo de atención, con el pie desnudo por debajo de la mesa desvió la
conversación hacia temas mas hormonales. Después de la visión de Paula esa
noche, el tener sexo con Cecilia fue como tener mucha sed y mojarse apenas los
labios. No es que la chica estuviera mal, era resultona, simpática, un poco
extra de carnes aquí y allá, pero todo bien distribuido y en su sitio. Aun así
nada que ver con la perfección de Paula, era como comparar la sencillez de una
margarita, con sus líneas simples y a la vista de todos, con la estilización de
una orquídea, con algo más que ver detrás de cada pétalo.
Después de tener breves escarceos durante
el trabajo en la caseta de herramientas, volví a insistir en mis
averiguaciones. Sólo saqué en claro la situación de la habitación misteriosa y
un cabreo monumental por parte de Cecilia. La intenté convencer de que sus
celos eran infundados, que yo solo sentía curiosidad.
—¡La curiosidad
mató al gato! ¡Y lo tuyo ya es obsesión! —me contestó.
Después de esta
discusión traté de evitarla, cosa que no siempre conseguí, pues ella me
perseguía con denuedo para luego de hacerme el amor y discutir otra vez. Lo
peor es que ella tenía razón, yo estaba obsesionado con Paula. Cecilia lo tenía
que notar, pues yo no atendía muchas veces a sus requerimientos. La cosa
empeoró, cuando una noche en su casa, me imaginé que con quien hacía el amor
era Paula, al venir el momento cumbre empecé a gemir pronunciando su nombre, lo
que desencadenó un huracán de sucesos. Salí de allí medio desnudo, entre
gritos, lloros, amenazas y manotazos que con poca fortuna conseguía esquivar,
al irme tapando como podía delante de los vecinos, que alarmados salieron a la
escalera en pijama y zapatillas para ver lo que sucedía. En ese instante decidí
acabar con el misterio que alimentaba mi obsesión pasara lo que pasara.
Entré esa misma
noche en la mansión saltando la valla por un ángulo muerto para las cámaras.
Había estudiado esto durante largos meses por si me decidía, además tener
memorizado un recorrido por el jardín por el cual fui anulando los sensores
poco a poco. La seguridad en la puerta de entrada de la cocina era por simple
contacto de dos conectores, así que lo puenteé. Una vez dentro se acabaron los
sistemas de vigilancia, pues don Álvaro valoraba mucho su intimidad y por la
noche sólo pernoctaban él y el mayordomo en la otra punta del edificio.
Me fue fácil
localizar la puerta de la habitación objeto de mi atención. Con tanta
precipitación me olvidé de las herramientas que tenía preparadas en mi caseta.
No creía poder abrirla, pero lo intenté, bajé el picaporte y sin un solo ruido
la puerta cedió al empuje de mi mano.
Ahí estaba ella,
como si me hubiera esperado sentada en el borde de la cama abriendo sus brazos
hacia mí. Era como un sueño, me acerqué lentamente mientras me sonreía y miraba
con ese brillo en sus ojos. Llevaba puesto el mismo camisón rosa que lucía en
el holo, entonces ya debiera haberme dado cuenta de algo, pero no, yo estaba
ciego de amor hacia ella, aun lo estoy. Nos abrazamos apasionadamente, rodamos
entre las sábanas. Hicimos el amor con locura, sin notar yo el cansancio de que
hacía poco había yacido junto a otra mujer imaginando ese momento. De hecho no
existía nada más que ese momento.
Cuando desperté,
don Álvaro me miraba con gesto de locura y dolor. Busqué a mi amada Paula para
comprobar con horror que a mi lado yacía sólo un esqueleto vestido con una
camisola rosa raída. Don Álvaro profirió un alarido desgarrador, yo aun bajo el
shock y sin entender nada salí corriendo por segunda vez en pocas horas,
tropezándome en el camino con el mayordomo a cuya vera estaba Cecilia con el
odio dibujado en su cara. Más tarde recordé su expresión y supe que me había
delatado. Lo que me quedaría sin saber es el sin sentido de lo que pasó esa
noche. No pude volver a penetrar en la mansión, se reforzó la seguridad y el
holo nunca volvió a brillar en la oscuridad. Yo sin embargo sigo rondando los
muros de esta prisión que es el mundo exterior al jardín, a la propiedad donde
trabajé. Cumpliendo la peor pena que un hombre pueda sufrir, vivir cuando
apenas había saboreado la completa felicidad.
EL SEÑOR
Maldigo el día que contraté a ese
jardinero, pero me aseguraron que era el mejor técnico electrónico que había
disponible. También le doy gracias pues me devolvió mi libertad, aunque mi pena
seguía estando ahí, pues aun amaba a Paula.
La conocí en uno de mis viajes a Colombia,
estaba en tratos con un hacendado para comprarle toda su producción de café,
aun meses antes de cosecharla con lo que abarataba el precio a costa de un gran
riesgo. Él se beneficiaba y yo también. Su hija menor nos servía una taza,
muestra de la calidad del producto, mientras discutíamos cantidades,
porcentajes y plazos. Ella no llegaba a los diecisiete años, pero su belleza y
su cuerpo parecían decir todo lo contrario. Anduvo rondando todo el tiempo cerca
de nosotros en el porche de la casa, que nos servía de improvisado despacho
debido al inusual calor reinante en la provincia. Yo no podía apartar los ojos
de ella, cosa de la que el padre se percató. Todavía me ando preguntando si no
es que ella entró dentro del trato, al final pagué un poco más de lo que tenía
previsto. El caso es que me dijo que nos lo tomáramos con calma, que había
tiempo de sobra y que mientras tanto visitáramos la plantación y los
alrededores. Yo no tenía prisa, el lugar merecía la pena y los ojos de ella
también.
Paula nos acompaño en una de estas
visitas, una plantación situada en la falda de una montaña cercana a Pereira.
Nada más llegar Juan recibió una llamada, nos dijo que tendríamos que posponer
la excursión, pues un asunto urgente le reclamaba. Paula protesto como una
niña, le pidió que nos dejara, que ella me enseñaría la plantación, que además
llevábamos comida que ella había preparado, que volviera a la tarde a
recogernos. Juan me dijo que cuando se ponía así era mejor no contradecirla,
que era una niña mimada e insoportable. Ella reía alegremente pues sabía que su
padre accedía a todos sus caprichos. Así que se marchó, dejándole el mandato de
cuidarme, cosa que me hizo bastante gracia.
Me fue enseñando la plantación al tiempo
que me explicaba todo el proceso y el trabajo que costaba sacar adelante la
producción. Solía acompañar a su padre a todos lados y había asimilado todo lo
que tenía que saber del negocio, incluso mejor que su hermano mayor. Pero ella
nunca lo llevaría por el simple hecho de ser mujer. A su padre le daba mucha
rabia que fuera ella la única que se interesaba. Su hermano andaba más
interesado en líos de faldas y juergas que en aprender a llevar la hacienda.
Más de una vez su padre le había dicho que ójala hubiera sido ella el varón. Hasta había
amenazado con desheredar a su hijo.
Cuando llegamos a la orilla de un río, que
circundaba la plantación, era ya mediodía. Paula propuso bañarnos antes de
comer, invitación que decliné pues no venía preparado, entonces sacó un bañador
de su mochila y riendo me lo tiró a la cara.
–Es de mi hermano, espero que te valga –y
empezó a desvestirse dejando ver sus bonitas formas que resaltaban aun más con
el bikini de alegre colorido que llevaba debajo de su ropa. Yo me cambié detrás
de una mata de café, mientras ella ya se adentraba en el río.
La temperatura del agua contrastaba
bastante con la ambiental, por lo que fui entrando despacio. Paula al verme
empezó a salpicarme mientras sus carcajadas se hacían más sonoras.
–¡Ahora verás! –dije riéndome también y me
lancé a por ella, la cogí por los hombros y le hice una pequeña aguadilla,
cuando salió había cogido agua con la boca y me la echó a presión a la cara
cegándome, momento que aprovechó para plantarme un beso en los labios. Me dejó
K.O. disfruté del beso mas dulce que había probado jamás, hasta que reaccioné y
me separé de ella a mi pesar.
–No –le dije lo más calmado que pude –, no
traicionaré la confianza y la hospitalidad de tu padre, además eres menor, esto
no tenía que haber sucedido y de hecho no ha pasado nada.
–Como quieras –me contestó con gesto
picaruelo.
Salimos del agua. Paula me daba la
espalda. Yo me daba cuenta de que lo hacía adrede para ofrecerme la oportunidad
de mirar su cuerpo directamente, sin miradas furtivas. Sí por edad casi era una
niña, por físico era toda una mujer. Pero algo me decía que sería aprovecharme,
además de todas las consecuencias que podría traerme.
Cuando empezamos a comer casi en silencio,
intentando mantener una conversación forzada, se nos unió el padre. El asunto
urgente que le hizo abandonar la excursión, era su hijo. Le habían detenido
borracho por una pelea de discoteca, nada que no solucionara una fianza,
incluido algún soborno a funcionarios.
De repente me dio una prisa tremenda por
finiquitar ahí mismo el negocio. Juan pareció un poco molesto, me preguntó que
si no estaba disfrutando de su hospitalidad. Le tuve que convencer que, mentí,
ya me había demorado bastante en otros asuntos, que los días que pasé con ellos
fueron estupendos, eso era verdad. Al final estuvo de acuerdo, regateamos un
poco más el precio y nos dimos la mano, luego ya lo expresarían en papel los
abogados. Mientras comíamos y discutíamos no pude evitar el echar miradas
rápidas a Paula. Algo me decía que tenía que alejarme, pero por otra parte me
sentía atraído por ella sin remedio.
Esa misma noche volví a España para hacer
tratos con unos fabricantes de sidra, la bebida de moda en esta época, que poco
a poco le fue ganando terreno al champagne francés. Así pude regresar un poco a
las raíces, pues la sidrería quedaba a escasos cien kilómetros de mi casa en
Santander.
Pasé una semana de locura, por más que me
inundé de trabajo, por más que fui con otras mujeres, no podía sacarme a Paula
de la cabeza. Una llamada de Juan, acerca de un problema de entendimiento entre
abogados, me dio la oportunidad de volver a Colombia.
Juan me esperaba en el aeropuerto con los
contratos a medio redactar, con lo que me llevé una desilusión, no podría ver a
Paula. Una vez ultimamos los flecos que quedaban pendientes y firmamos, Juan me
dijo que me veía mala cara, que si estaba bien. Me atreví a confesarle lo que
pasó en el río y que desde entonces no podía pensar en otra cosa que en ella.
–Ya noté yo algo raro durante la comida, además
de esas prisas de usted.
–Se lo juro que mis intenciones son
buenas, quisiera casarme con su hija si usted da su consentimiento –El me miró
asombrado, pero no enfadado, me comentó que ella no había dicho nada al
respecto y eso que tenía con ella bastante confianza. Entonces me vi forzado a
hacer mi segunda confesión,
–Es que ella todavía no lo sabe, quería
estar seguro de que usted lo aprobaba –A Juan se le iluminó la cara, se empezó
a reír ante mi desconcierto.
–¡Que yerno mas anticuado voy a tener!
Jajajaja, perdone usted, es que yo tuve que raptar a mi esposa y usted va y me
pide permiso. ¡Ande güevón y vaya a preguntarle a ella! ¡Quién mejor que usted!
Me hace tremendamente feliz y encima me ha demostrado lealtad y respeto –yo,
entre azorado y aliviado, suspiré –. ¡Venga un abrazo!
En cuanto bajé del coche de Juan en la
hacienda, Paula salió corriendo hacia mí y se me colgó del cuello.
–Veo que no hace falta que le pidas nada
–dijo el padre.
–Sí, sí hace falta –dije yo y continué
preguntándole a ella –¿quieres vivir el resto de tus días a mi lado? – no sabía
yo entonces que “el resto de sus días” fueran a ser tan pocos. Ella entonces
miró a su padre, luego a mí y me dijo que sí.
Después de preparativos interminables, en
Colombia todavía se estila casarse por el rito católico, vinieron los festejos
y agasajos. Me parecieron eternos y por fin pude tenerla solo para mí. Disfruté
cuanto pude de su amor, de su juventud, de su sonrisa y de su hermosura. Pero
pronto las obligaciones me reclamaron, no sin protestas por parte de ella.
Alguna vez viajaba conmigo, enseguida le aburrieron los hoteles y los
aeropuertos donde cerraba muchos de mis contratos. Rara vez disfruto de visitas
mas profundas a los sitios donde voy, mi estancia en Pereira fue excepcional. La
intentaba compensar luego, pero nada pude hacer para siguiera viniendo conmigo.
Procuraba estar con ella lo máximo posible. Por su cumpleaños le regalé el
jardín como prueba de mi amor. Yo mismo la grabé con equipo holo, pero quería
que todo el mundo admirara su belleza, por eso lo mandé hacer el jardín. Al
principio me confesó que le daba un poco de vergüenza verse así de expuesta, la
convencí de que todo en ella era hermoso y no había nada malo ni perverso en
esas imágenes.
Los servicios de la empresa que montó el
jardín incluían un técnico de mantenimiento. Cuando regresé de uno de mis
viajes, vi a Paula discutiendo con él al fondo, para cuando atravesé todos los
parterres el incidente había terminado. Le pregunté por lo sucedido, ella me
contó que la noche anterior hubo un fallo en el holo, pero que ya estaba
resuelto. Le dije que si había algún problema con el personal se le sustituía
sin miramientos. Me respondió que no, que todo estaba solucionado, que lo
olvidara. A mí me quedó la cosa de que la discusión me había parecido más
fuerte y con carácter bidireccional, pero ella me lo hizo olvidar pronto.
Mi siguiente viaje era a Nueva York,
previa escala en Barajas, donde llegué pasadas las nueve de la noche. Ahí
recibí una llamada que canceló el negocio. A las diez había otro vuelo a
Santander. En el aeropuerto compré unas joyas de tonalidades rosas para mi
mujer, era el color que más le gustaba y he de reconocer que le sentaba muy
bien. Volví a casa sin avisar, quería darla una sorpresa. Ya era medianoche
cuando entré nuestra habitación. Estaba a oscuras y no quise encender la luz.
Me pareció que dormía con una respiración un tanto agitada como si tuviera una
pesadilla. Tendí la mano para despertarla y lo que sentí fue algo distinto.
Ella gritó, hubo un movimiento extraño. Encendí la luz para ver sólo como el
técnico escapaba desnudo. Me sentí desbordado por el dolor. Luego vino la
oscuridad.
Cuando el mayordomo me sacudió por los
hombros dejé de gritar, abrí los ojos llenos de lágrimas para descubrir como
mis manos atenazaban el cuello de mi querida Paula, de mi adorada Paula, de mi
infiel Paula. Mi dolor fue aun mayor al observar sus grandes ojos sin vida. El
mayordomo intentó reanimarla, al rato se dio por vencido. En ese momento deseé
estar también muerto.
De haber estado solo no se que hubiera
pasado, el mayordomo me llevo fuera del cuarto, me dio un somnífero, que tomé
como un autómata, y me dejó en la habitación de invitados. Cuando amanecí allí,
me encontraba bien, relajado, pero no sabía porque diablos estaba ahí. Me
vinieron de golpe a la memoria los sucesos de la noche anterior. ¡No!, me dije,
ha sido una pesadilla, ha sido una pesadilla, no quería creer que fuera verdad.
Salí corriendo de la habitación en busca de Paula. El ala donde estaba nuestro
dormitorio estaba completamente cerrada. Llamé al mayordomo a gritos. Éste
apareció con otro tranquilizante en la mano. Me explicó que había mandado a
todo el personal a su casa cuando aparecieron por la mañana. Les contó que
Paula y yo habíamos marchado a Colombia y que ya se les llamaría a la vuelta.
Él esperaba a que yo estuviera más sereno para decidir que hacer. Yo no estaba
seguro de nada, no me atrevía a preguntarle que había pasado, que había visto
él y porqué no me denunciaba.
El dolor todavía me taladraba la cabeza,
no era capaz de pensar, sólo me venían una y otra vez las imágenes como si de
un bucle holo se tratara: los jadeos, el olor a sexo, la desnudez del técnico
saliendo por la puerta, los gritos, mis manos en el cuello de Paula, sus ojos
desorbitados y vuelta a empezar.
Desperté de noche, en esa ocasión sí me
daba cuenta de la realidad, tenía que cumplir mi pena, me entregaría a la
policía y que me encerraran para siempre. Pero antes quería ver a Paula por
última vez, fui a lo que había sido nuestro lecho. El pasillo que conducía al
ala norte estaba abierto ahora, entré en la habitación. El mayordomo le había
tapado con una sábana y cerrado los ojos. Aun a pesar del rictus que le quedó
al morir estrangulada por mis manos, seguía siendo bellísima. Ahora la hubiera
perdonado de estar viva. Todavía no sé como pude hacerlo, aun la amaba. Otra
vez se agudizaba en mí un sentimiento de desesperación, que crecía cada vez
más, cuando ella abrió los ojos y me sonrió. Asombrado, atónito, confuso, dije:
–¡Estás viva! ¡Gracias a Dios! Perdóname
mi vida, yo no quise...
–No cariño, no estoy viva pero sigo aquí
atada a tu amor –Me eché hacia atrás, la miré ya no tenía las marcas de mis
manos en el cuello.
–Ya sé que hice mal. Búrlate de mí si
quieres pero estás viva.
–No Álvaro, no –se levantó dirigiéndose
hacia mí –. Tócame y compruébalo –. Lo hice, retiré la mano enseguida, estaba
muy fría.
–Entonces tú...
–Ya te lo he dicho. Deberías enterrarme.
Lo que hicimos ya no tiene remedio, no te atormentes.
–¡No! Te quiero aquí conmigo, te amo, lo
sabes.
–No, no lo sé, me estrangulaste.
–No sabía lo que hacía –respondí –, estaba
ciego de dolor.
–¿Y ahora?
–Estoy arrepentido –dije bajando la
cabeza.
–Tendrás que cumplir una penitencia.
–Dime cuál, pagaré.
–Vendrás aquí todas las noches. No podrás
viajar, es lo que tenías que haber hecho antes, no dejarme sola. Ahora vete, va
a amanecer –salí con lágrimas en los ojos. La pérdida no era ya tan grande y mi
crimen sería redimido noche tras noche. Tendría que soportar mi condena.
Así lo hicimos. El ala norte permaneció
cerrada mientras cada día Paula se iba descomponiendo, luego solo permaneció
cerrado su dormitorio. Cuando la oscuridad tejía su manto, ella despertaba y me
torturaba con reproches, contando los besos que no la di, los hijos que no
tuvimos, las noches que no pasamos juntos... De este modo pagaba por mis
pecados en un infierno voluntario en vida.
El holo volvió a brillar en la oscuridad,
tuve que contratar a un nuevo técnico, bueno esta vez le llamaba jardinero.
Parecía muy eficiente, nunca tuve queja de él, lo mantenía todo apunto y
pulcro.
Una noche, Paula enseguida me dijo que me
fuera, le pregunte el porqué y me contestó que ya no soportaba mis lágrimas y
mis lamentos, que desapareciera de su vista. Salí de ahí olvidando cerrar la
puerta, dolorido por el desprecio mostrado.
Ya me había acostumbrado a no dormir, me
senté en un sillón, reconcomiéndome por dentro. Al final caí en un sueño
profundo en el cual el padre de Paula me acusaba con el dedo ante un tribunal
que permanecía en la oscuridad.
–Sí, es él, Don Álvaro de la Cuesta a
quién yo le entregué mi hija creyendo que era noble y honesto ¡Él la mato! ¡Él
la mató! ¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro!
–¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro! ¡Despierte! –me
decía el mayordomo sacudiéndome por los hombros suavemente.
–Sí, sí ¿Qué pasa? –desperté sobresaltado.
–Es Cecilia, la camarera, vino temprano
esta mañana, me ha contado una historia extraña. Creí que tenía que escucharla.
Escuché la historia de cómo el jardinero
se había obsesionado con Paula y le había hecho preguntas a Cecilia acerca de
Paula. El caso es que pensé que era normal que el personal se hiciera preguntas
y detecté celos en la camarera. Aunque interiormente agradecí que me sacaran
del a pesadilla, les reprendí por molestarme con una historia semejante. El
mayordomo habló entonces:
–Eso no es todo señor, se que alguien ha
utilizado la puerta trasera. Por las noches me levanto a beber agua. La casa es
grande y no es que no me fié de las medidas de seguridad, pero yo añado una más
sencilla, pongo un papel doblado pegado a la puerta, si lo veo tal y como lo
dejé, estoy tranquilo. Pero hoy cuando fui a abrir a Cecilia no estaba así.
–¿Cómo? –de repente me acordé que no había
cerrado la habitación de Paula.
–No estoy seguro pero creo que alguien
puede haber entrado.
–¡Es lo primero que me tenías que haber
dicho! –salí corriendo hacia el dormitorio, cuando entré reviví otra vez la
escena de hacía dos años, sólo que era de día y Paula era un esqueleto. A su
lado yacía dormido el jardinero. Otra vez vino hacia mí aquel dolor unido al
asco de la escena. Mis gritos despertaron al amante, que aturdido y
desconcertado al verse descubierto, y viendo lo que era una Paula muy distinta
a la que él había disfrutado de noche, salió corriendo. Yo fui detrás, pues por
vez primera me di cuenta del olor a podredumbre existente en la habitación.
Vomité a los pies del mayordomo, que estaba fuera con la camarera. Fue como si
lo hubiera echado todo, me dije: basta, ya has pagado tu crimen.
Cerré otra vez el ala, hice desmontar el
jardín, enterré a Paula bien profundo en un rincón de éste. Ahora si hay flores
verdaderas por todas partes. El jardinero es un señor de bastante edad amigo
del mayordomo, el otro día me comentó lo grande y hermoso que crecía el rosal
que había al lado de la tapia.